martes 7 de julio de 2009

FdL XIX: "Stairway to Heaven"

Fernando era, según su madre y su abuela, un poquito lento. A lo sumo. Para todos los demás el chaval era directamente subnormal.

Trabajaba en el burdel “La Chirla caliente”, el más finolis de toda “la milla putera”, entre los kilómetros 7 y 10 de la Nacional VI.

Allí, el joven fregaba los suelos de las habitaciones, limpiaba los baños y rascaba costras inquietantes, absorto en su mundo, reflexionando sobre las extrañas manifestaciones del amor.

Todos los días a las cinco de la tarde se abrían las puertas y los clientes llenaban el bar; al rato comenzaba una extraña procesión de putas y bigotes, de tangas y corbatas, que subían la escalera forrada de terciopelo, la cual les llevaba a las habitaciones: rosas y naranjas, con o sin jacuzzi, con cama vibrante y/o espejos variados. El paraíso en la Tierra.

Fernando, encerrado en la cocina, daba vueltas alrededor como un perro rabioso, mientras olía el sexo en el ambiente, presentía los gemidos y su sexo se inflamaba, ajeno a todo, presa de una pasión descontrolada. Sabía que, en las habitaciones que se encontraban encima de la cocina, Paquita La Cachonda hacía hervir a sus clientes barrigudos, que venían a verla con ojos de carnero y cartera de pardillo, lo que era (y es) una peligrosa combinación.

Cada noche, Paquita bajaba satisfecha, como si hubiera sido ella la que hubiera aplacado sus demonios. Era esta moza, a pesar de su nombre, africana de toda la vida (del mismo centro) pero se paseaba con tanto garbo envuelta en una mantilla que sus primeros clientes la llamaron Paquita. Y a ella le gustó.

Le gustaba en realidad toda España y sobre todo Madrid, por donde se paseaba en sus días libres por la Plaza de las Vistillas, siempre del brazo de su chulo, despertando sexos entumecidos y miradas libidinosas, vestida con un corpiño ajustado, una redecilla en la cabeza y siempre aderezada con su mantilla. Por supuesto comía bocadillos de entresijos, ponía flores en la tumba de Tierno Galván y creía que Sabina era Dios.

Cada noche, sucia de los clientes —pues era tan digna que no veía necesario lavarse—, Paquita bajaba las escaleras y se acercaba a Fernando un beso en la boca: el primero y último de cada jornada. El joven se desmayaba en las primeras ocasiones, pero con el pasar de los días ganó algo de autocontrol, el suficiente para permanecer consciente y correr a hacerse una manola urgente en el baño de las visitas. Diez minutos después volvía feliz y Paquita le daba un beso —éste en la mejilla— y le deseaba buenas noches. Fernando se iba en autobús a su casa, completamente enamorado. Ahorraba veinte euros cada mes, con la esperanza de comprarle a Paquita un bonito anillo de compromiso en la tienda de los chinos.

La última Nochebuena —jornada siempre movida de hombres antes de la cena familiar— Fernando oyó gritos en el piso de arriba, salió de la cocina y corrió hacia las escaleras; Paquita bajaba por ellas, desnuda de cintura para abajo y perseguida por un borracho gordo y bigotudo. Fernando, ebrio por los aromas que emanaba el sexo de Paquita, se lanzó escaleras arriba por primera vez en su vida, sólo para tropezarse y caerse de morros contra un peldaño. Oyó quebrarse sus dientes y, a través de las lágrimas —más de fracaso que de dolor—, entrevió cómo arrastraban al cliente a la calle, mientras Paquita se recomponía y observaba con desprecio al retrasado que, fútilmente, braceaba pidiendo ayuda.

Fernando perdió su trabajo en “La Chirla Caliente”, pues incomodaba a los clientes con su boca desdentada. Su madre decidió, aprovechando —ya que estaba— la Seguridad Social, hacerle unos dientes nuevos. El chaval luce ahora una sonrisa deslumbrante y cerámica. Incapacitado totalmente para hablar —y pensar— un partido político —no diré cuál— le hizo un hueco en las listas como representante de una minoría oprimida.

Durante las últimas elecciones Fernando fue elegido diputado en las Cortes Generales. Paquita, por su parte, sigue despertando pasiones con su fusión afro-castiza y, durante las últimas Fiestas del barrio de Aluche, fue la encargada de leer el pregón.

Nunca se volvieron a ver.

lunes 29 de junio de 2009

FdL XVII: "A caballo"

Vivo la vida a caballo. A saco. Y no me refiero a tener un poco de cara, no; yo hablo de vivir auténticamente a caballo, como un mosquetero en una panadería, como un adolescente en un videoclub porno.

No descanso, vivo atareado, estresado a más no poder; la vida es un desafío continuo. Vivo para el amor pues, como dirían los hermanos Quijano, esos grandes maestros infravalorados, soy un jodido donante de placer. Sí, eso es lo que soy. ¿Y por qué? Pues porque, queridos amigos y amigas, soy capaz de echar trece polvos seguidos. Sin sacarla.

Algunos podrían tildarme de exagerado, pero es la realidad. Soy el Gengis Khan de la alcoba, el Mozart del metesaca. Salgo por la mañana de casa —cuando salgo— y tengo esa mirada en los ojos que delata al depredador, al comechuminos compulsivo. No puedo pensar, desde primera hora, en otra cosa que no sea follar, en echar un polvo, en mojar el churro, en pulir el rifle del amor, o como lo quieras llamar. El sexo es mi vida, mi trabajo a tiempo completo, mi obsesión.

La gente se sorprende que me atreva con todo y con todas, pero yo soy así: soy un jodido geypermán y vivo la vida a caballo. Estoy rodeado de gente apocada, sin seguridad en sí mismos. Y a mí eso me sobra. Os lo juro. Tengo dos pelotas gordas como melones.

A Felisa la conocí una noche en una fiesta en Gabanna. Era presentadora de un programa para niños en la televisión, era amiga de la farlopa y de chupar rabos. Comer pollas era su pasión, su mayor afición. Con eso me conquistó.

Entre nosotros dos no podía surgir otra cosa que la chispa de un polvo guarro.

La miré sin miedo al fracaso, con ojos de macho alfa. No me hizo falta hablar demasiado. Mejor, porque si abro la boca bajo bastantes puntos. Nos arrastramos en silencio al baño de minusválidos; allí le arranqué la ropa y me la follé en una posición bastante incómoda. Cualquiera que nos hubiera visto hubiera concluido que, si no éramos tullidos poco nos faltaba.

En mi casa la cosa sólo podía mejorar. Puse mi disco de Marvin Gaye (siempre en vinilo, el único plástico que permito en mis relaciones) y de ahí al cielo. Trece polvos le eché a la tía más buena que pasado haya por mi catre. ¿Qué soy un exagerado? Venid y probadlo, guapas. Trece. Y sin sacarla. Ése soy yo.

A la semana siguiente aparecí en el Hola como “el misterioso y guapo acompañante de Felisa”. Días después me pusieron nombre en el Sé lo que hicisteis. Al mes estaba entre la selección que hace el Cuore de “cuerpazos de verano”.

Mi chica me contemplaba con arrobo en los locales de moda mientras yo ponía cara de ser fiero en la cama. A la mínima se escapaba y me daba una lavadita de sable. Mis amigos se morían de envidia, víctimas de su indecisión, del miedo al fracaso.

A partir de ahí todo ha sido subir. Me he paseado por los platós vestido con mis trapitos de D&G (con el logo bien grande), contando batallas imposibles y gesticulando. Pero esta noche ha sido diferente: Mariñas me ha preguntado, provocado, lanzado insidias.

Y yo entro y le cuento todo, detalles sórdidos incluidos. El programa es un éxito de público. Los audímetros revientan. España me quiere.

Ella, mi Felisa, me ha dejado hoy. Dice que soy indiscreto, que contar en la tele que le apasiona chupar rabos es una falta de respeto.

—Pero es cierto… —me defiendo.

Felisa da un portazo al salir.

Tengo que vestirme que tengo una entrevista con Karmele y con María Patiño. Están un poco pasaditas ya, pero si me entran a la pluma me las tiro.

Soy así. Voy a caballo por la vida. Es que no sé vivir de otra manera.

lunes 15 de junio de 2009

FdL XV: "Aquí no hay nada que ver"

Al señor Cohen le contaron que había habido una inundación y, como en tantas otras cosas, tuvo toda la razón.

La nave sobrevoló el valle lunar, en el que durante décadas se había levantado, con esa tenacidad tan propia de los humanos, la ciudad más grande de la luna: Nueva Selenia.

Nueva Selenia había surgido como el intento más serio de consolidar la terraformación del satélite terráqueo. Y durante años prosperó al amparo de una legislación fiscal favorable y grandes recursos mineros, fuera de la jurisdicción de los países terrestres, en aplicación de la famosa Directiva 13/2104 de la antigua O.N.U.

Por supuesto, viendo las ruinas en que se había convertido la ciudad, arrasada por unas lluvias inimaginables para los terrícolas, la prosperidad era un concepto relativo. La nave se detuvo sobre una antigua villa de estilo colonial, en la que el agua llegaba todavía hasta la altura del segundo y último piso. Me coloqué en la plataforma magnética de la nave, que me depositó suavemente sobre la terraza de la villa.

El suelo de la terraza resistía a duras penas y crujía bajo mis pies; al apoyarme en la barandilla de madera ésta se desprendió de la base y cayó a las aguas que me rodeaban, una siniestra masa verdosa, estando a punto de llevarme consigo. La madera flotó despreocupadamente ante mis ojos, ignorando la tragedia de la que había sido testigo, despreciando la muerte del sueño de la expansión humana interplanetaria, la utopía de la terraformación. Fueron necesarios más de veinte años para conseguir una atmósfera limpia y respirable en la luna. Miles de millones de dólares y unas cuantas vidas humanas después, la Luna tenía atmósfera, jardines, calles adoquinadas y máquinas expendedoras.

Ahora teníamos un lago enorme.

Entré en la casa; el suelo estaba todavía mojado y olía a podrido; bajé hasta la primera planta y allí, con el agua a la altura del pecho, encontré al alcalde Jorgensen, flotando entre patos de plástico y papeles diversos. En la cámara adyacente encontré a su mujer con el rostro hinchado, un grosero homenaje al bótox. Cogí a Jorgensen de la pechera y lo apoyé contra el escritorio. Allí había unos papeles que aparté para dejar sitio a su pesada y acuosa cabeza.

Colocado así Jorgensen estaba muy lejos de ser excelentísimo. Tenía los papeles en la mano y, aunque mojados, reconocí en ellos su letra recargada. Era un cuento bastante malo, escrito en un inglés macarrónico, sobre un perro pequinés envuelto en un viaje iniciático, de menos de dos folios. Lo leí estupefacto y, al llegar al final, vi que tenía una dedicatoria: “A Maureen la joven luz de mi vida”.

Maureen había sido su amante más reciente. Todavía no la habíamos localizado, a ella o a su cuerpo pero, de estar viva, habría que eliminarla. No faltaba más que a la chavalilla le diera por reclamar una pensión o parte de la fortuna de Jorgensen. Sus hijos, que eran los que pagaban las facturas del equipo policial de rescate, no estarían nada contentos. Doblé los papeles y me los metí en el bolsillo. Llamé por radio al capitán Reynolds.

—El alcalde y su mujer están aquí —dije.

—¿Cómo están? —preguntó el capitán.

—Mojados —contesté—. Están muy mojados.

lunes 8 de junio de 2009

Charlize Theron by Richard Avedon






















Déjame que te cuente
lo que tú ya ves:
que las formas femeninas
se revelan rotundas
bajo el ojo del maestro;
se desatan las envidias
y quién sabe
si se enervan las endibias
ante pieles desnudas,
turgentes y sudafricanas
como copas de Martini

Charlize se prestigia
con su simple presencia
pero la vanidad es insaciable,
es una tentación enorme
aparecer en "performance"
antes de la muerte del jefe
elevando así si cabe
el mito a la leyenda

La Theron subió de escalafón
de muñequita pasó a diva
y yo afirmo sin rubor
que el moderno retoque es milagroso:
que por las mañanas
no es tan bella la rubita
como la vecina del quinto
que friega mi escalera

viernes 5 de junio de 2009

FdL XIV: "No me toques los taninos"

El día de la boda despertó cubierto por un manto de bruma gris, ligeras gotas de lluvia moteaban los cristales y pájaros perezosos caminaban sin rumbo por la hierba mojada.

En mi habitación flotaba una atmósfera eléctrica, víspera de la tragedia moruna.

Decía Blasco Ibáñez que los valencianos tenemos sangre mora, que somos propensos a la venganza violenta. En ocasiones he pensado que la afirmación de Don Vicente tiene mucho de cierto.

Observé mi reflejo en la rectoría mientras me vestía y me descubrí preocupado por el precario equilibrio de nuestras vidas, de nuestras mentes: ondas cerebrales, sinapsis, reacciones químicas y cosas de ésas que nos conforman una imagen de la realidad, ¿cómo ser consciente de ello y mantener la cordura? Millones de células en una loca carrera por la oxidación y la reproducción, ¿cómo ser consciente de ello y mantener la fe?

Durante la ceremonia de Cassidy las interrupciones fueron continuas, sonaron teléfonos móviles con frases de Chiquito de la Calzada y melodías de “reggaetón”: el pan nuestro de cada día. El novio, un guiri gordito, sudaba profusamente. Contemplé a Cassidy y a su novia seguir mis instrucciones, hacer el paripé, provocarme asco con su hipocresía.

Me invitaron después al banquete, que se celebraba en un salón hortera a las afueras de Valencia. Fui allí como en un sueño, con la sensación de flotar, actuando con una suerte de piloto automático listo para ser retirado del servicio; asentía cortésmente a las preguntas estúpidas que me planteaban y pensaba en falsedades y ofensas recibidas por mí y por mi Iglesia; en el hecho de haberse convertido mi religión en un esperpento social, lejos del símbolo que en algún momento supuso. “El esperpento o la nada” me dije.

Me senté a la mesa entre la madre (divorciada) de la novia, una huertana gritona y pintarrajeada, y el primo del novio. Delante de mí se erguía, con fálico orgullo, una botella Magnum de tinto “Maduresa”: al menos la visita iba a valer la pena. El primo del novio se llamaba Frank y era gay; me contó, en un castellano paellero, que John Cassidy —“la víctima” lo llamaba— era cantante y su labor profesional se limitaba a imitar a Johnny Cash.

Cuando se acabó la botella de vino Frank empezó a mirarme de lado, a hacerme cucamonas, lo que definitivamente ya me tocó los huevos: en los últimos años a los curas nos colocan en las celebraciones siempre lejos de las mesas de los niños y cerca del mariconcete soltero de la familia. ¡Pues no señores! A mí no me van los niños y sí me gustan las señoras, aunque el médico me lo haya prohibido. Así que me giré hacia la madre de la novia, que gritaba y gesticulaba, presa de una alegría histérica, perdidos ya los papeles y, sin mucho disimulo, comencé a mirarle el escote. Ella me sonrió con entusiasmo febril y me dijo, entre suspiros, que se llamaba Trini. Esto pintaba cada vez peor.

El camarero nos trajo otra botella de “Maduresa” que yo atrapé al vuelo. Frank hizo amago de querer recuperarla y le di un azote en la mano.

—No me toques los taninos chaval, que esto no es una sangría —le dije.

Estaba completamente borracho y por más vueltas que le daba no encontraba razones para no enloquecer, para seguir viviendo esta farsa. Llevaba bebidas, aproximadamente, unas 18 copas de tinto cuando me levanté de la mesa, buscando escapar de las manos curiosas de Frank, que por la izquierda, y de Trini, por la derecha, hurgaban bajo mi sotana buscando una imposible absolución.

Me paseé por el salón, embriagado de certeza, deseoso de poseer un espíritu ácrata, una voluntad férrea, una virilidad convulsa: todo a la vez. ¿Cómo mantener la cordura? me volví a repetir. Pensé en agarrar la botella magnum, en abrir cabezas como expresión de furia insatisfecha pero ¿acaso mi venganza moruna me devolvería la tierra, la dignidad? En estos tiempos el digno es despojado y su barraca es profanada; si reacciona con justa cólera la televisión lo deforma, lo banaliza: no sólo te engorda cinco kilos, sino que las causas se ven patéticas en alta definición.

Salí del salón con la cabeza alta mientras los convidados me observaban. En la puerta del salón me contemplé en un espejo de cuerpo entero: vi una sotana negra, unas entradas pronunciadas y un ceño innecesariamente fruncido.

La mañana había amanecido gris, era un día húmedo y plomizo y yo había bebido mucho vino. Lo comprobé al sacar la lengua y ver en el espejo que tenía un color granate, cardenalicio más bien.

Quise ver en ello una señal.

lunes 1 de junio de 2009

FdL XIII: "Suburban"

Siempre me han gustado las mujeres casadas; después de años luchando por tener un marido se han dado cuenta de que no vale la pena; de que luchaban por la nada más absoluta. Al pasar unos años de matrimonio descubren que la única escapatoria de la nada es el sexo.

Y cuanto más marrano mejor.

El sexo nos confirma, aunque sea durante breves segundos, que somos algo en el universo. Es una explosión de endorfinas egoísta y decadente. Es nuestro modo de vida. No es la imaginación o el amor lo que nos diferencia de otros animales, no es la consciencia de nosotros mismos: es la capacidad de disfrutar haciendo guarradas entre las sábanas; es el placer de engañar a quien le hemos prometido fidelidad eterna.

Llamé a la puerta de la casa que María y su marido tenían en un bonito barrio suburbano y esperé a que me abriera: llevaba para almorzar un cubo con 50 alitas de pollo fritas y rebozadas de Hooters, una auténtica delicia; en el jardín de la casa contigua un niño me miraba intrigado, era un hijo puta refinado. Me observó con envidia y odio, me sacó la lengua y yo le guiñé un ojo. No serían más de las diez de la mañana.

María abrió la puerta; sólo llevaba puesta una enorme toalla de pelusa de culo de mandril anudada por encima de los pechos, otra tapándole la cabeza y una máscara de un potingue verde realmente repulsivo. Era evidente que no me esperaba.

—Hola chochín —le dije. Abrió mucho los ojos, aparentemente excitada por mi jerga de puticlub; pasé la mano libre por la emplasto de su cara, me llevé en mi dedo algo de pasta verde para la que ya tenía un destino y le pregunté—: ¿Qué mierda es ésta que llevas puesta?

—Cabrón ignorante —me dijo—; esta crema rejuvenecedora vale lo que ganas en un año; está hecha de placenta de bebé exclusivamente caucásico.

—Lo que quieras —contesté apartándola de la puerta y pasando al interior— pero como lubricante puede valer. ¿Dónde está tu marido?

—Trabajando, supongo.

—Eso está bien, eso está muy bien. ¿Follamos? Te he traído unas alitas.

Ella miró el cubo de pollo y a mí, luego se miró a sí misma y abrió los brazos, como diciendo: “¿No ves que no estoy en condiciones?”.

—¿Eso es un sí? —dije acercándome provocativamente a ella: sé que mi camisa abierta, mi pecho peludo y mi cadenita de oro al cuello la ponían a cien.

Ella, sorprendentemente, me respondió con un empujón contundente y sin posibilidad de contrarréplica.

—Va a ser que no —me soltó, la muy perra.

—Ponme un café —exigí—. Y que sea “Saimaza” —aclaré, iluso de mí.

Antes mis ojos me plantó una taza con una pasta extraña y olorosa que María llamó “café”.

—¿Qué cojones es esto? —le pregunté.

—Es café “Kopi Luwak”, lo mejor que hay.

—Ya, pues huele a caca.

—La verdad, mi querido y viril paleto, es que los granos de la planta de café son ingeridos en Indonesia por un gato local que los defeca; el paso por su tracto intestinal es lo que le da ese aroma y sabor tan especial. Una exquisitez al alcance de pocos mortales.

Me levanté de la silla completamente indignado, no tanto porque me llamara paleto como por darme caca de gato; cogí del brazo a María y la volteé, la apoyé contra la encimera de la cocina y le quité la toalla. Me bajé los pantalones. Cuando empecé a embestirla con rudeza pegó la cara al corian de la encimera y, con el movimiento sexy, el potingue comenzó a deslizarse de su rostro. Agarré una botella de agua Premium que se llamaba “Orinalakia: Pis de Zeus extraído directamente de las nieves del Monte Olimpo” y se lo eché por la cara, intentando deshacerme de la máscara verdosa de placenta de bebé que, lo crea alguien o no, amenazaba con bajarme la libido.

—Pero mira que eres cerda —le dije.

Seguí vacunándola y cuando estaba a punto de llegar al orgasmo —el mío, pues el de mis amantes me importa más bien poco— agarré una alita de pollo de Hooters y comencé a azotarle las nalgas con ella.

Las mujeres suburbanas casadas son fantásticas, son cínicas, guarras y retorcidas, pero cuando se ponen con su rollito gourmet es que no puedo con ellas.

miércoles 6 de mayo de 2009

FdL X: "Blanca Navidad"

—Os voy a contar cómo murió el cabrón de Santa Claus—dijo el tío Aurelio y los ojos de los niños se abrieron como platos.

El tío Aurelio había llegado bastante colocado a la cena de Nochebuena; y eso, que a los padres y a los abuelos les cabreaba mucho, a los niños les encantaba. Así que Vicente, el patriarca familiar y hermano de Aurelio, decidió que éste cenaría con los chavales, cosa que provocó similar alborozo entre sus sobrinos y el propio Aurelio.

Al finalizar el ágape, después de tres botellas de rioja y dos roncitos cola, el tío Aurelio estaba más que dispuesto a contar su historia; observó por el rabillo del ojo a los mayores, y, considerando que estaban inmersos en conversaciones sesudas, reunió a los jóvenes a su alrededor y comenzó liarse un porrito.

—Os voy a contar, sí, cómo murió Santa Claus.

—Pero —le interrumpió Clara, su sobrinita de ocho años—, eso no puede ser, si Santa Claus va a venir dentro de un rato.

—Olvídate de eso, pequeña —le dijo el tío Aurelio—. Santa está palmera total y si hoy tienes algún regalo será de los cursis de tus padres.

Clara comenzó a llorar desconsolada.

—Clarita, Clarita, no llores —dijo su tío y ofreciéndole el porro dijo—: Dale una caladita a esto y ya verás cómo te deja de importar lo de Santa Claus. —La niña le dio una chupada al canuto y puso cara de susto; instantes después comenzó a reír y ya no paró.

—A ver, ¿por dónde iba? —dijo—. ¡Ah, sí! Bueno pues resulta que Santa Claus era finlandés.

—¡A mí siempre me han contado que es lapón! —interrumpió el repelente Vicentín, el hijo de su hermano.

—¡Bueno, basta ya! —dijo el tío Aurelio exhibiendo amenazador el canuto—. Si alguien me vuelve a interrumpir le daré doble ración de sangre de Hassán para que se tranquilice.

Y los chavales, viendo que los ojos de Clarita daban vueltas bajo el influjo del porro, y que la niña echaba espumarajos verdes por la boca, convertida ya en un gremlim alimentado más allá de medianoche, decidieron callar y escuchar.

—Si yo digo que era finlandés, es que lo era —dijo el tío Aurelio, intentando recuperar el hilo de sus brumosos pensamientos—. Pero la cosa es que era travesti y mirón, sí. Se llamaba Olaf y le gustaba vestirse de mujer, especialmente con el traje rojo de comunión de su madre.

“Así que se ponía un liguero, un gorrito como ése de Loewe que se ve ahora, el vestido rojo de la madre y un abrigo de cabritilla, para salir a dar vueltas en Nochebuena. Montaba en su Saab y salía escopetado.

—¿Un Saab? —dijo Vicentín—. Pero si ese coche es sueco, ni lapón… ni finlandés, para el caso.

—¡Niño! —gruño Aurelio—. Santa Claus, que por esa época no era santo ni santa, sino todo lo contrario, se montaba en el ¡Saaaaaab! y visitaba a niños y niñas en su pueblo, se colaba en sus casas por las chimeneas vestido como una Sarita Montiel travestida, sólo para observar a las niñas y robarles su ropa interior, que le daba juego para el resto del invierno, hasta que llegaba la primavera y la época de las suecas en biquini. Como compensación, Santa siempre les dejaba a las niñas un regalito en la almohada que no os voy a decir qué era.

“Pero hete aquí que Santa Claus engordó y se puso como una foca, como le pasa a todos los pervertidos. —En ese momento Aurelio se palpó la barriga y comprobó, satisfecho, cómo tenía recorrido todavía—. Y una Nochebuena se metió por la chimenea de la casa del párroco, buscando ver en camisón a esa sobrina que había venido de Oslo (capital de Finlondia) y que contaban que estaba rebuena, pero sólo para quedar atascado como un chorizo de mal gusto en la estrecha chimenea del párroco.

“Cuando el párroco despertó el día de Navidad y se encontró unas piernas flacas y peludas vestidas con liguero sintió una leve excitación, una calentura extraña, y comenzó a acariciar esas rodillas huesudas sin rostro. Indignado, Santa comenzó a agitarse dentro de la chimenea y soltó su cuerpo, pero sólo para quedarse enganchado con ese cabezón noruego que gastaba y romperse el cuello.

“El párroco asustado, lo sacó como pudo y lo enterró en un lago salmonero. Contó que Olaf se le había aparecido en sueños para contarle que Dios le había iluminado y se había convertido en el espíritu de la Navidad, que viviría eternamente por ella.

—Así que, niños —concluyó Aurelio, apurando el canuto—, en cien años todos calvos.

martes 28 de abril de 2009

FdL IX: "Zurdov"

Fue en la ciudad de Moscú, en el otoño del año 18**, cuando Alexei Rodrigovich Zurdov se dio a conocer a la sociedad rusa.

El señor Rodrigovich Zurdov era un estudiante, un perpetuo aspirante al cuerpo de ingenieros que, a la luz de un candil había decidido, entre sorbo y sorbo de vodka, convertirse en escritor, en señor de las letras, en desbancar a Gogol, a Pushkin y a Turguenev. Una aspiración muy noble y digna de él, mas el problema estribaba en su incapacidad física para escribir. Rodrigovich era huérfano y zurdo de ambas manos.

En otros tiempos un Dios misericordioso le habría recompensado con una pensión en rublos no devaluables, pero en la Rusia de 18** Rodrigovich era un inútil total.

Su tía, la condesa ****, prima lejana del zar, le había acogido bajo su manto protector a la muerte de sus padres, víctimas de un esturión vengativo a la orilla del río Volga. La tía, una anciana sin oficio ni beneficio era, como debe ser toda buena condesa rusa, una rentista acomodada que huía del trabajo como de la peste. Ella le decía que así debía ser el mundo: un mundo en los que los lacayos trabajaban y los señores mandaban.

La condesa cuidaba a Rodrigovich y le permitía vivir cómodamente, sin presiones. Una doncella lo cuidaba en su habitación, le acompañaba a sus paseos y él se dejaba alimentar, incapaz de usar una cuchara pero siempre alejado de la vida social de la condesa que, a su modo, lo encontraba encantador y mísero. Eran tiempos difíciles. Y fríos de pelotas.

Y sin embargo decidió hacerse escritor. Lo anunció a sus escasos amigos, que le indicaron las dificultades técnicas: no sólo era incapaz de escribir, sino tan solo de coger la pluma; verlo concentrarse en levantar el plumín con sus dos zurdas era un espectáculo que, no por desagradable, se hacía menos fascinante. Durante noches lloró entre los pechos de la frondosa doncella lamentándose de su infausto destino.

Aun así, su tía, enternecida por su determinación, decidió presentarlo en sociedad en otoño de 18**. Rodrigovich Zurdov, siniestro entre los zurdos, anunció de la mano de la doncella y de espaldas a la nobleza un poco rusa, un poco baturra, que era el más grande escritor del imperio. Nadie había leído nada de sus inexistentes obras, pero el hecho de darles la espalda, así como el entusiasmo de la condesa **** en aceptar la superioridad literaria de su sobrino sobre sus coetáneos, hizo que todos aplaudieran y se retiraran afirmando que era el más grande de la estepa. Después de todo la condesa pagaba los canapeses y no era plan de llevarle la contraria.

Sorprendentemente el hecho de no publicar nada no hizo más que acrecentar su leyenda: algunos nobles afirmaban haber leído la obra rusa definitiva en un salón del zar, poseedor de la única copia; otros aseguraban que la condesa guardaba el original dentro de su corsé, lejos de manos curiosas.

Rodrigovich Zurdov fue el primer autor que vivió del cuento, la cual era una especialidad bastante digna en sus tiempos. Fue a su vez el primer autor que convenció a sus no-lectores del valor de la exclusividad extrema, de lo efímero del papel, de lo inane del best-seller.

Fue, a fin de cuentas, un valiente hijo de puta.

jueves 16 de abril de 2009

FdL VII: "Juanito Badajo"

Jugueteo con el consolador; lo agito y lo meneo, fascinado por sus proporciones, por su astronaútico material rosado y por su textura rugosa. Durante años he estado usando este tipo de objetos, los he introducido en los sexos de mis amantes femeninas y siempre me habían parecido una débil sombra de la realidad. Ahora es una prueba de mi hombría…

Pero empecemos por el principio.

Me llamo Juanito Badajo y, como es fácilmente entendible, soy actor porno. En otra vida tuve otro nombre pero eso hace mucho que dejó de importar. Ahora soy lo que soy, un artista del cine para adultos, una leyenda en el internet: el rey del gonzo.

O lo era.

En los últimos dos años mi caché ha ido decayendo de manera lenta pero constante. No se trata sólo de la competencia del emule y el torrent, que también, sino sobre todo de esos jóvenes depiladitos que vienen de Hungría y por ahí: nuevos guarretes con ambición y cuerpos de acero. Mi estilo de hombre, más cerca del gran Burt Reynolds que del canijo Kortajarena, está un tanto pasado de moda… un poquito out que dirían los modernos.

Me observo en el espejo, mi cuerpo está definido y musculoso, mi rabo es aún más que potente y mis corridas son la envidia de la vecindad; sin embargo, para qué negarlo, a pesar del gimnasio diario algo de grasa se apelotona, tozuda, alrededor de mi cintura: mi personal trainer dice que ya no hay otro remedio que una lipo urgente…

En los últimos meses mis gastos se han mantenido, pero mis ingresos por película se reducen de manera constante. Y mi cuenta corriente sufre como si fuera un vulgar promotor inmobiliario. Mi agente habló conmigo esta semana. La conversación fue breve:

—Tengo una propuesta para ti —me dijo.

—¿Qué? —le pregunté.

—La última manera de relanzar tu carrera. Una oferta única; si la aceptas y funciona bien podrás retirarte, tal vez incluso comprarte esa vieja finca de Lugo y montarte la casa de turismo rural que querías.

—¿De qué va la historia?

—Si te niegas no puedo garantizarte nuevos contratos: los húngaros están dando muy duro. —Mi agente iba a su rollo: usted pregúnteme lo que quiera que yo responderé lo que me dé la gana.

—¿Pero qué es? —insistí.

—Porno gay.

—No me jodas…

—Y eso no es todo —me prometió.

Y así que aquí estoy; agitando el consolador. ¿Por qué? Os preguntaréis. Pues porque no se trata sólo de porno gay. Yo siempre he dicho que maricón es el que recibe, y por ahí van los tiros; estaba dispuesto a petarme un par de pollos sin pensarlo demasiado pero esto… Venga, que a todos os han metido las chavalas un dedillo en el trasero de vez en cuando, y a todos os ha gustado; sin embargo, ahora quieren que me deje dar por detrás por un negro llamado Jimmy the Intruder: imaginaos por qué lo llaman así. No, definitivamente el mundo del porno no es un mundo sutil.

Llaman a la puerta del camerino: me están esperando. Miro una última vez al consolador y lo arrojo contra el espejo, donde rebota blandamente, un juguete roto.

En la habitación en la que vamos a rodar hace frío. El director está en su puesto y yo me quito el albornoz; con el frío ambiental mi aparato no impresiona nada: va a costar bastante ponerlo en marcha. Le hablo, le digo cositas para animarlo.

Veo a cuatro tíos, cachas como culturistas, desnudos y pelados, con máscaras de cuero como única vestimenta. Evidentemente no es el sitio ni el momento para mí. ¡Qué le den por culo a la casa rural! Yo esto no lo hago.

Desgraciadamente no sorprendo a nadie; cuando hago amago de escabullirme los enmascarados me agarran y me tiran contra la cama de la habitación. El director da órdenes entusiasmado: sé que no tengo nada que hacer. Me convenzo de que hay que ser profesional y me intento relajar.

Sin embargo mi valor desaparece cuando veo aparecer a Jimmy the Intruder luciendo una minga que parece un congrio salvaje dando mordiscos. El terror me domina. “Nadie puede pagar suficiente por esto” me digo. La cámara se acerca entre mis piernas. Alguien saca un bote de mantequilla de “Central Lechera Asturiana”, qué jodíos…

Soy un gran actor: mis orgasmos nunca fueron fingidos. Y hoy mis lágrimas tampoco.

En el último momento, cuando se hace de noche sobre mí, sólo atino a decir:

—Va a sonar a excusa, pero no es un buen momento chicos.

Tarde, muy tarde, me doy cuenta de que debería haber practicado un poco más con el consolador.

lunes 13 de abril de 2009

FdL VI: "La fiesta de los pijamas"

Soy un jodido sentimental, siempre lo fui. Y así me va.

Mi compadre Vic, no sé cómo, había conseguido esa semana meternos en la lista para la fiesta de la mansión Playboy. ¡Madre mía! El sueño de mi vida. Una fiesta de pijamas en la mansión… ¡Vaya, y decía mi madre que no triunfaría en la vida!

La tarde de la fiesta Vic y yo fuimos de compras a Rodeo Drive, entramos a la tienda de Bottega Veneta y me compré un traje pijama de esos tan de moda. Me gasté todos mis ahorros, los míos y los del fondo para la universidad del chaval, pero para ir a casa del señor Hefner no había que escatimar.

—¿Y qué pasa con tu mujer? —me preguntó Vic.

—No te preocupes, ya me arreglaré con ella —le contesté.

Evidentemente no tenía pensado decirle nada.

Cuando esa noche, a las nueve, mi mujer sugirió, con un revelador bostezo, irnos a dormir, acepté presuroso. Diez minutos después la parienta roncaba a mi lado y yo estaba poniéndome nervioso. Aprovechando la cobertura que un ronquido de ultratumba me proporcionó me zafé del dormitorio conyugal. En el armario de la entrada tenía colgado el traje-pijama. Lo miré, lo acaricié, el símbolo de mi éxito.

Una vez vestido me puse un batín de falsa seda encima y bajé a la calle. No me extrañaba el éxito de los trajes-pijama pues se lleva todo muy ventiladito; Vic me esperaba al volante de su coche, inquieto ya. Al llegar al portón de entrada de la mansión Playboy un pensamiento me aterrorizó: ¿Y si no estábamos en la lista? Comencé a sentir un sudor frío ante la perspectiva, pero afortunadamente sí que estábamos. Como soy un poco de esos bipolares, me puse a llorar de felicidad cuando bajamos del coche.

Fuimos a la piscina; allí Hefner paseaba, del brazo de dos conejitas, saludando a todos. Yo seguía llorando, emocionado de estar allí, de ver a Hugh Hefner, al Dios Padre. Vic me dio un par de palmadas en la espalda, intentando calmarme; no lo consiguió, pero sí Miss Marzo, que se acercó preocupada a socorrerme; al verla me arrojé sobre ella y me refugié en sus pechos, golpeando con desespero mi cabeza contra ese monumento a la silicona —el mayor invento del hombre moderno después de los condones de esparto— y gimiendo incoherencias.

Miss Marzo y yo hicimos muy buenas migas y, al poco rato, ya me había dado su teléfono y, al final de la fiesta, me pidió que la llevara a su casa. No me pude negar —uno es un caballero—, y allí estaba yo: conduciendo palote perdido el coche de Vic mientras ella contaba algo de su infancia en Indiana y su sueño de ser actriz. Yo sólo podía pensar: “Tetas, tetas, ¡tetas!... ¿He dicho tetas?

Cuando llegamos a su casa, un pequeño edificio de apartamentos de estuco rojo, ella me pidió que aparcara y subiera. ¿Qué podía hacer yo?

Aunque pueda parecer extraño, quería salir de allí. Metí el coche en el garaje y, como un autómata, acompañé a Miss Marzo hasta su apartamento. Una vez allí le dije que tenía que ir al baño, atormentado por la culpa y por las ganas de mear.

Quería ir a la fiesta más que nada en esta vida y, para ello me había jugado el bigote escapándome, pero nada más: quería a mi mujer, echaba de menos su contacto, sus pedos, sus entrañables ronquidos. Sé que, después de lo que he contado, puede sonar absurdo, pero soy así, son bipolaridades de esas mías que me entran. Me miré al espejo del baño y me sentí como Travolta en casa de la Thurman en “Pulp Fiction”. Tomé una decisión.

Al salir, Miss Marzo me esperaba en su cocina, se había descalzado y se frotaba sus encantadores piececitos uno contra otro. Nunca había estado más excitado en mi vida.

—Me vas a perdonar —le dije, acercándome a su pequeña oreja—, pero me tengo que ir. Ahora mismo. Lo siento.

Pude sentir su mirada de odio y, con un gran dolor de huevos, me largué de allí. Huía de nuevo, por segunda vez en la misma noche.

Al llegar a casa me encontré la cama vacía y una nota de mi mujer: “Te dejo, cabrón miserable.” Al darme cuenta de mi trágico error eché mano del móvil y llamé a Marzo, arrepentido, dispuesto a hacer acto de contrición, pero el número estaba apagado o fuera de cobertura.

Durante unos minutos miré alternativamente el teléfono móvil y la nota de mi mujer, sin comprender nada de nada. Soy un hombre de acción, así que me hice una paja y me fui a sobar.

Lo dicho. Soy un jodido sentimental. Siempre lo fui. Y así me va.

martes 7 de abril de 2009

Hollywood by Richard Avedon




Me invento el titular,
no lo voy a negar,
para esta instantánea
robada

Captar el espíritu
de este grupo de canallas
que componen el "jolibú"
es harto difícil,
pues alma
lo que se dice alma,
no sé si la tienen,
pero Avedon lo hace,
los atrapa
sin despeinarse ni un ápice

Se ríen felices los cabrones,
de alcanzar la gloria eterna,
Nicholson como el lobo
que nunca ha dejado de ser;
la Taylor con pinta de querer
seguir siendo engañada
por los truhanes de la noche,
en la que se mueve con soltura
el viejo Lazar, agente de estrellas,
meses antes de su muerte

lunes 6 de abril de 2009

FdL V: "Cine Independiente"

Era un cineasta independiente. O así se autodenominaba. Había escrito el guión de una película que se titulaba “Cerrado por derribo”, que también había dirigido y protagonizado. Escogió a la actriz principal, con sus tetas gordas y todo, sólo para poder tirársela; y lo consiguió, pues a ella le gustaba el rollito “indie”, la posibilidad de ser un poquito más famosa y dejar de trabajar de azafata de congresos cuando la cosa se ponía fea. Así que, una noche, después de un largo día de rodaje y de darle un par de caladas de un costo bastante malo, ella se dejó magrear las ubres siliconadas que, como siempre, tuvieron gran éxito entre las manos masculinas. Al día siguiente ella exigió que su personaje tuviera más diálogo y él lo consintió.

El cineasta se vestía con camisetas negras y se anudaba una palestina al cuello. Su película “Cerrado por derribo”, era un alegato contra el consumismo de la ciudad moderna, contra la vida sin alma; era pretenciosa y vacía. Era cine del de ahora.

El director era vegetariano y se ponía de farlopa hasta arriba. Cuando estaba colocado se volvía más profundo y pensaba que era el Kubrick de Parla. Ese año, cuando la película ganó siete Goyas el director, con un subidón alcaloide, subió al estrado y pronunció un discurso antibelicista que arrancó los aplausos del respetable.

La actriz, en primera fila, comenzó a llorar lágrimas falsas, se quitó la chaquetilla de Lanvin (sí, también hacen chaquetillas) y enseñó un lema impreso en su camiseta: “El triunfo de Cerrado por derribo es el fin del capitalismo”. Al día siguiente consiguió ser foto de portada en todos los periódicos nacionales y el “Vogue” la eligió mujer del año.

En la fiesta de los Goya que hubo esa noche la actriz se lió con otro director más veterano, y que se suponía que era homosexual, pero ella puede garantizar que sabía dónde apuntar. El director “indie”, ante el panorama, se cogió una melopea de impresión a base de champán “KRUG” y helado de ron con pasas y después intentó ahorcarse con su palestina estampada.

Ahora la actriz es famosa en el mundo entero, afirma que sus tetas son naturales y que nunca se operaría porque se siente feliz con su cuerpo. Viaja a la India todos los años, se saca unas fotos y fuma marihuana de la mejor calidad.

El veterano director la dejó a las pocas semanas por un transexual polaco, famoso porque de hombre había pasado a mujer, luego a hombre de nuevo y, ante la duda, se dejó un juego completo de todo. El viejo director está encantado y ha redescubierto los "Poppers".

El cineasta independiente nunca más volvió a dirigir; se largó de Madrid y ahora vive en la sierra, en un bosque de pinsapos. Tiene alucinaciones esporádicas y espera que, como en “Magnolia”, al final de su vida lluevan ranas.

jueves 26 de marzo de 2009

Kevin Kline by Richard Avedon























Se disfraza Kevin Kline
cual moderno Santa Claus
demostrando versatilidad
entre actores sin igual

Es el bueno de Kevin
un simpar arlequín
que lo mismo sale del armario
en un pueblo de Indiana
que se huele el peludo sobaco
con americana y fraternal pasión
o le da a la Ryan
un tórrido french kiss

Ha trabajado con los Monty,
y con Kasdan oiga usted,
tiene prestigio y aroma
prestancia y mucho bouquet

Es uno de los grandes,
el genio de la comedia triste,
es el Cole Porter,
del celuloide el rey


miércoles 25 de marzo de 2009

FdL IV: "Como una ola"

Me llamo Luis Eguizábal y, a pesar de ello, nunca fui un gran aficionado a la música. He sido cartero de lunes a viernes durante toda mi vida, alcohólico de viernes a domingo desde que el mundo existe y, sobre todo, un gran aficionado a los habanos.

Un sábado por la tarde, mientras bebía un gin-tonic y fumaba un Montecristo Platinum Vintage, ocurrió. Estaba disfrutando de esa sobremesa tan española con un matrimonio amigo mientras discutíamos acerca del futuro de las energías renovables y Fran, el marido, me preguntó algo. Le di una larga calada al Montecristo y dije, con una voz profunda y femenina:

—Como una ola tu amor llegó a mi vida.

Su mujer se giró y preguntó al aire: “¿Quién ha dicho eso?”

—Como una ola de fuerza desmedida —dije. Empezaba a estar un poco asustado: era la primera ocasión en que tenía voz de tonadillera. Mis amigos me observaban con espanto e intenté tranquilizarles y confesé—: De espuma blanca y rumor de caracola. ¡Como una ooooola!

Las mesas de al lado comenzaron a aplaudir y, después de unos segundos, mis amigos también; se miraban emocionados y no pude menos que levantarme de la silla y hacer una ligera reverencia.

Evidentemente, al salir del restaurante acudí al médico; directamente a su consulta, ya que fui incapaz de pedir una cita, pues al preguntarme la enfermera yo le gritaba: “¡Grabé tu nombre en mi barca, me hice por ti marinero!”.

Presa de un ataque de ansiedad, me presenté en la puerta del insigne otorrinolaringólogo, el docto doctor Fermín Suárez. Afortunadamente, no tuve que explicarle muchas cosas al docto doctor, pues al escucharme el estribillo (muy emotivo, la verdad), sacudió la cabeza y me dijo:

—Bien, señor Eguizábal, es evidente que sufre usted de karaokitis aguda. Es una rara enfermedad provocada por un virus asiático que hace que uno se arranque por alguno de los grandes éxitos del karaoke patrio. En su caso, el talento que demuestra es notorio: estoy seguro que Rocío Jurado se sentiría particularmente orgullosa.

“No joda” pensé; mas lo que canté fue: “Bajeeé del cielo una estrella en el hueeeco de mis manos”.

Una lagrimilla de emoción se le escapó al docto doctor, que continuó hablando:

—Todos los casos conocidos estaban hasta ahora en Japón: usted es una novedad —primicia más bien— en España. La única solución que el especialista mundial en la materia, el doctor Kurosawa, ha encontrado es lamer un laser-disc de Karaoke con éxitos españoles de los 70; debe hacerlo todas las mañanas durante cinco minutos, siempre en ayunas.

—¡Pero al mirarte en los ojos vi una luz de desencanto! —le dije.

—Claro, claro —asintió comprensivo—. No siempre funciona pero debemos intentarlo.

Salí de allí preocupado, pero como tampoco tenía mucho más que hacer fui al “Alcampo” y me hice con el laser-disc gracias a la receta que me había expedido el docto doctor Suárez.

Durante dos semanas me apliqué a los lametones con entusiasmo: a día de hoy puedo decir que los discos dorados son bastante sabrosos y tienen menos regusto metálico que los plateados. No me curé, o no me curé del todo, aunque la situación ha cambiado: ya no tengo la voz de la Jurado sino la de Víctor Manuel.

Y cuando mis compañeros carteros hablan conmigo no puedo más que decir:

—¡El abuelo fue picador, allaaaá en la mina, y quemando negro carbón, quemoooó su vidaaa!

Por supuesto los aplausos son continuos y siempre tengo un par de groupies a mi alrededor.

Echo mis polvos guarretes con ellas.

Canto con arte.

La vida me sonríe, joder.

martes 24 de marzo de 2009

Harlem by Richard Avedon





















En un bar de la calle siete
en el cruce con la novena
hay una mujer de rojo
olvidada en una esquina

Es un despojo de los ochenta
y la llaman la LeBrock;
¡a ella que fue fina como el coral!

Pero que se casó con una cara
adusta como el granito
como es la del infausto Seagal

La gloria de la LeBrock no fue
ni negra ni parda
sino roja como la impudicia
mental del pajillero
que,
con maestría encarnaba
el Wilder desaparecido

lunes 23 de marzo de 2009

FdL III: "El Mural"

Se podrían decir muchas cosas de los grafitis. Las que diría alguien como yo serían de todo menos buenas. Las que dirían los demás no me importan ni un cojón.

Caminaba hacia mi cita semanal con el proctólogo, con un entusiasmo apenas disimulado, cuando me entraron unas ganas locas de mear. La avenida estaba muy concurrida para mi gusto, así que me zafé por una callejuela lateral, buscando un lugar más tranquilo en el que poder miccionar en las condiciones adecuadas.

Al final de la calleja había un muro que impedía el paso, y en él los palurdos locales habían demostrado su arte grafitero: una gran polla aparecía dibujada con trazos minimalistas sólo rotos por el realismo de pintados goterones por encima del inmenso prepucio. Me quedé bastante impresionado. Y es que los prepucios de ese tamaño siempre inducen a la reflexión.

Me acerqué hasta el muro mientras me bajaba la cremallera de mis pantalones de franela y ventilé un poco ese escroto sudoroso que paseo por el mundo. Agarré a mi fiel compañero y dirigí sus primeros chorritos hacia el dibujo de una boca de labios hipertrofiados. Me emocioné ante el simbolismo de la acción y comencé a dibujar en la pared mi propio mensaje “orino-grafitero”.

Aspiraba —yo soy así— a llegar a escribir “Fuck Guerreiro!” en la pared y, cuando estaba definiendo los últimos trazos de la letra “k” en estilo arial libre me topé un lema escrito en el borde derecho del muro: “Yo de ti no lo haría” proclamaba.

El chorrito decayó inmediatamente, como una erección fracasada, ante este agresivo mensaje; se intuía una leva amenaza en el ambiente y decidí volver a la avenida. Con un par de rápidos toques (porque “más es una paja” diría el sargento de hierro) espolvoreé las últimas gotas sobre el “Yo de ti no lo haría” y me la guardé en el pantalón. Me sentía absurda e increíblemente culpable.

Me giré y la calle estaba desierta. La cremallera del pantalón sonó como una trompeta en un cementerio; durante unos instantes me sentí observado por el diablo. Cuando nada ocurrió, decidí salir al tumulto de la avenida, a gozar del ruido y el sudor humanos, deseando reencontrarme con mi amigo el proctólogo y su colega el guante de látex.

lunes 16 de marzo de 2009

FdL II: "Los parroquianos"


Silencio. Sólo quería un poco de silencio.


Se sentaba al final de las barra de la bodega casi todos los días, sobre las doce, cuando la mañana se había hecho ya demasiado larga, demasiado insoportable; pedía un anís, y luego otro. A partir de la tercera bebida su odio por todos se volvía más definido, más concreto.

En pocas ocasiones volvía a su casa para comer: ¿quién querría escuchar los gritos de su mujer, reseca y desgraciada? Sin embargo, si dejaba pasar unas horas, el enfado de la parienta pasaría, o aparecería el miedo y ella recularía; cualquiera de las situaciones era suficiente para que se planteara volver.

Levantó un dedo tembloroso y Antonio, el dueño de la bodega, un hombre gordo, calvo y sudoroso, acudió con la botella de anís. Como siempre rellenó la copita en silencio y él le acompañó con la mirada. El olor dulzón y penetrante del licor le habló, sin embargo, sin voces. A su alrededor la existencia era ya un sordo murmullo que le era casi indiferente.

Paco, uno de los parroquianos habituales de la bodega, al que conocía desde que eran chiquillos, se acercó a saludarlo; hasta Paco, que nunca fue particularmente espabilado, se dio cuenta, al mirarle a los ojos, que estaba mejor calladito. Volvió a su rincón y siguió hablando de política con los otros estúpidos.

Apenas comía, tan solo se alimentaba con las aceitunas machacadas que Antonio servía con cada ronda: era un aporte calórico importante pero no parecía una dieta muy equilibrada. Cuando había bebido suficiente, escupía los huesos al suelo de terrazo, donde se juntaban con torreznos añejados y cervezas, pero cuando comenzaba a beber era extrañamente educado: dejaba caer los carozos de la oliva en una servilleta de papel, que depositaba con cariño en un cenicero conmemorativo de la “Expo ´92”.

Si Proust hubiera vivido en Alhaurín, como él, en lugar de escribir mariconadas sobre las magdalenas habría escrito sobre los quintos de cerveza, sobre el vino dulce malagueño y las aceitunas en salmuera, cuestiones todas ellas, como todo el mundo sabe, más dignas de un hombre que la bollería a base de huevo y mantequilla. Pero claro, los gabachos son así. Se echó un discreto pedo que confirmaba su teoría, la cual se disolvía en su mente como la flatulencia en la atmósfera del bar.

El sorbo final de la copa de anís le despejó la garganta y, a la vez, le provocó una arcada. Se levantó, tambaleante, del taburete y miró a Antonio una última vez, intrigado por las razones que llevaron al gordo a llamarle a la bodega “El bar de la Calle 7”, como si en lugar de Alhaurín estuviesen en la jodida Nueva York.

viernes 6 de marzo de 2009

FdL I: "Todos somos un poco Ponzi"

Desde mi despacho escucho cómo golpean con insistencia la puerta de entrada de la casa. Ya estaban tardando los cabrones.

Acaricio con mi mano la culata cromada de la Smith & Wesson calibre 38; durante años ha dormido plácidamente en el cajón del escritorio de mi despacho y hoy es el primer día de mi vida en que me planteo usarla.

Soy Bernard Madoff, vivo como un jeque árabe y soy, además, un jodido fraude.

Si alguien busca hoy información sobre mí en la prensa se encontrará con que se me acusa —con razón— de haber cometido la mayor estafa piramidal desde que el mundo es mundo. Con dos grandes y peludos cojones. Ése soy yo.

Las estafas piramidales, también llamadas tipo Ponzi en honor al hijoputa italiano que las popularizó, necesitan para prosperar en primer lugar, de un aspecto de legitimidad, que es la base para prometer grandes rentabilidades a los inversores; esas rentabilidades se pagan con las aportaciones que, al amparo de la fama conseguida, van poniendo los nuevos socios. Parece sencillo, pero no lo es, pues el engaño tiende a agotarse con rapidez porque los miserables partícipes de los fondos comparten dos características contradictorias en apariencia: son avariciosos y desconfiados a partes iguales.

Durante cuarenta años he conseguido hacerlo, con un estilo inigualable, con una maestría nunca suficientemente admirada. Soy el Hugh Hefner de las finanzas.

En ocasiones me he preguntado en qué momento me convertí en lo que soy. Supongo que no empecé así, que al principio mi gestión era más convencional, que experimenté pérdidas en algunos fondos y que fui tapando un agujero tras otro, en plan chapuzas, hasta que la bola creció demasiado. Sinceramente, ya no me acuerdo. Ni me importa.

Desde los años sesenta me he paseado por Palm Beach, he convencido a todos estos incautos de que soy un genio de las finanzas (y lo soy), que invertir conmigo sólo se podía hacer a través de una invitación, que era extremadamente exclusivo, que era la alfombra roja de los fondos de inversión. Y los ricachones han entrado como un toro ante un pañuelo rojo, seducidos por lo excepcional, por las rentabilidades pasadas, futura y seguras; por ese cóctel de dinero y poder que significaba acceder a mí. Por el éxito, en definitiva, que yo encarnaba.

Podría haber seguido haciendo esto durante siglos, pero la crisis financiera me ha llevado por delante. ¿Quién podía prever que todos estos ricachones iban a necesitar su dinero de vuelta? ¡Y todos a la vez, los malditos cabrones codiciosos!

Desde el mes pasado soy incapaz de reembolsar las cantidades exigidas por los partícipes de mis fondos. Y ahora llaman a la puerta. Una y otra vez.

La pistola pesa en mi mano: es la salida fácil. No puedo pensar en vivir en la cárcel; yo, que viajo en un Gulfstream particular, que me alojo en villas en las Bahamas con playa privada y que meriendo estrellas Michelin como el que engulle las lentejas de la abuela, no puedo acabar en la cárcel junto a los yonquis, a los negros y a los maricones. Ne.

Tengo casi setenta años, he vivido una vida plena. ¿Por qué no acabar aquí? me digo. Pero no. Soy un puto superviviente. Soy más grande que Cañita Brava, joder.
Saldré de ésta, como he salido de todas: venderé la luna o a mi puta madre si es necesario para recuperarme pero lo haré, porque alguien tiene que seguir vendiendo humo.

Los golpes en la puerta son cada vez más insistentes. Bajo las escaleras con tranquilidad mientras me abrocho el batín de seda. Abro la puerta y observo sonriente a los agentes federales: uno de ellos, joven y con ganas de prosperar, se adelanta hacia mí con unas esposas en la mano.

—¿Es usted Bernard Madoff? —me dice.

Todos me admiran. Soy lo que nunca llegarán a ser. Me esposan, me empujan y, sin embargo, sé que en realidad se mueren por pedirme un autógrafo. Soy el jodido Hugh Hefner de las finanzas. Y no voy a llorar.

miércoles 11 de febrero de 2009

Interludio VI: Carlos Salem

Un asesino [el número 3] reflexiona sobre su antiguo maestro y antecesor en el cargo que él ocupa en la organización:

Él mismo tenía unos conocimientos culturales sorprendentes, y podía pasar horas hablando de arquitectura o de alta cocina. Sólo lo hacía conmigo, o cuando ese saber se ajustaba a su papel en una entrega. Entonces abandonaba como por encanto su habla de borrachín, su gesto de cliente asiduo de puticlubs, y tenías ante ti a un arquitecto sensible, o un exquisito gourmet. El resto del tiempo, o cuando había delante otros compañeros en una misión que él coordinaba en su papel de Número Tres, era el simple y brutal mercenario que fue en su juventud. A menudo me pregunté por qué conmigo era tan diferente. Pero la única vez que me atreví a decírselo, me contestó:

-Como vuelvas a soltarme una mariconada como ésa te mato. Y gratis.

Y un minuto después, soltaba una lágrima frente a un cuadro de Van Gogh.

-Ese amarillo... ¿Cómo lo conseguía el muy cabrón? -murmuró.

Carlos Salem "Matar y guardar la ropa"

martes 10 de febrero de 2009

Tilda Swinton by Richard Avedon























Es Tilda andrógina favorita
de niños y mayores
;
es musa de pintores
y también de fontaneros,
y es que despierta pasiones
encontradas y encendidas
entre reyes y poceros

No es de extrañar, por tanto,
que interpretara a Orlando
en los indefinibles noventa,
ese personaje -Orlando, no los noventa-
que viaja
por la historia
como mujer y como hombre
dependiendo del momento

Esa Tilda, polémica en la alfombra
y poderosa en el escenario,
arrastra desde entonces
un aura de indefinición;
y todo arrancó al leer
un libro extraño
de una extraña señora
que se llenó a destiempo los bolsillos
de piedrecitas de colores,
y lo hizo
antes de bañarse,

sin respetar las dos horas exigibles
de prudente digestión