viernes 27 de noviembre de 2009

Es bueno ser Rey (IV y final)

Esa misma tarde tuve una visita: nunca supe quién la envió. Era un hombre amable, al que le gustaba escuchar. Le conté mis penas, mis problemas de frigidez ninfomaníaca, mi cansancio estructural, mi hastío vital (en aquellos momentos había finalizado la lectura de “Las flores del mal” de Baudelaire y llamaba a esa sensación spleen. Luego se me olvidó). Me sentí mejor. Él me dijo que debía seguir adelante, que, sin presión, hiciera mi trabajo día a día. Parecía bastante sensato.

Días después, me encontraba mejor. Ligeramente deprimido, pero mejor. Ese hombre amable, del cual nunca supe su nombre, comenzó a acompañarme a todos lados, sin que nadie lo invitara, aunque a mí me gustaba que viniera. Me daba unas pastillitas azules (siempre me gustaron las azules; ignoro cómo él lo sabía) que me hacían sentir mejor. Volvía a sonreír hasta el infinito. Hasta el infinito y más allá.

Llamé al Ministro de Exteriores, que era presa cada vez más de las convulsiones de una adicción acelerada, para disculparme. A mi lado estaba el hombre agradable. Al observar la actitud hostil del ministro hacia mí, convencido de que le había abandonado a su suerte, el hombre amable le llamó y le ofreció una sugerente cápsula verde pistacho. El ministro la engulló y se relamió. “Una cada 12 horas” le advirtió el hombre amable, doctor en felicidad.

Desde entonces, el ministro es un hombre casi cabal. Y ya no suda tanto.

Poco a poco la situación se restableció. La restablecí yo o la restableció el sistema. Ni lo sé ni me importa. Me vine arriba. Me lo creí. Me lo creí tanto que volví a ganar las elecciones. Con un par.

Ahora ya no veo casi nunca al hombre amable, pero sé que está ahí; que el sistema me sostiene, que no me va a dejar caer. No se lo pueden permitir.

Me pregunto algunas veces si los otros presidentes se encontraron alguna vez en la misma situación, si el hombre amable estaba allí, si todos sus ministros eran yonquis de la farmacia de La Rosilla. Me pregunto… Y cuando me pregunto en exceso sé que es el momento de tomarme una pastillita azul.

Y a seguir con el show.

jueves 26 de noviembre de 2009

Es bueno ser Rey (III)

Fue antes de comenzar una gira por el sudeste asiático, lo recuerdo bien: estaba a los pies de la escalerilla del avión, ese Falcon con sus tres motores (un buen avión, no lo voy a negar), que me tenía que llevar cruzando el mundo para saludar, bajar, saludar, volar, comer fideos, saludar, volar, comer arroz, beber sake, volar, poner el reloj en hora, volar, saludar a gente que no me conocía y que ni pajolera idea tenía de quiénes eran, volar, comer pescado crudo, beber sake, volar, bajar del avión y… ¿he dicho volar? Bueno, pues eso: estaba contemplando el cielo de Madrid, observando cómo las nubes eran más algodonosas de lo que debían, asumiendo la felicidad de las nubes, de los palomos… Y quise ser palomo, que no Juan Palomo.

Miré a mi Ministro de Exteriores, colocado como siempre a base de una combinación de mescalina, que moderaba con unas cuantas bencedrinas para mantenerse alerta, y le dije, así como suena:

—Mira, tú serás un pájaro, pero yo soy Juan Palomo.

La cara de estupefacción (sí, sé que es una palabra larga, pero me la enseñaron en la precampaña para acojonar a la audiencia) que puso el ministro, convencido de que la mescalina le había gastado por fin una mala pasada, fue premio suficiente.

—Pero… —me dijo—, ¿qué quieres decir?

—Digo que no voy —le expliqué. En ese momento pronuncié una de esas grandes frases que me han consagrado como pensador—: Que se las compongan los chinos con su puto arroz: nosotros ya tenemos la paella.

Vi al ministro rebuscarse con fiereza en los bolsillos, luchar con el forro del traje, buscando unas bencedrinas que aclarasen su mente, definitivamente sumergida en el mundo de Oz, convencido de su locura. El servicio secreto miraba hacia otro lado, acostumbrado a las excentricidades de gente cuyas capacidades naturales han sido ampliamente superadas.

—¡Nosotros no vamos a China! —gritó el ministro, mientras subía ruidosamente la escalerilla del avión—. ¡Es el único puto país que no vamos a pisar en la gira, jodido ignorante!

Me giré entonces, disfrutando del agradable viento que había en la pista del aeropuerto y observé la pequeña terminal. Todos estaban pendientes de mí. Pero yo estaba cansado. Muy cansado.

No es descartable que sufriera una crisis nerviosa. Dice el principio de Peter que uno asciende hasta su nivel máximo de incompetencia (o algo parecido); yo había superado de lejos mi límite. Era más que Peter: era el puto Peter Pan.

Le expliqué a mi jefe de gabinete que me encontraba demasiado cansado para seguir: que necesitaba un descanso reparador y luego, ya si eso, seguiría con el asunto.

—¿Qué les decimos a los jefes de estado que le han invitado, señor presidente? —me preguntaron.

—Diles que lo siento —contesté—, y que traten bien al ministro: que le den buen sake, buen opio y buenas geishas. Y que duerman bien.

La explicación oficial fue que me había puesto enfermo. “¿Enfermo de qué?” preguntaron los periodistas.

“Enfermo de amor” pensé. Y pulsé con energía el imaginario timbre que avisaba a mi mujer, entrevista bajo el influjo de varias botellas de espumoso francés.

Al final —nuestro país es así de curiosón— todo se supo, y lo cierto es que hubo bastante revuelo, aunque a mí no me importaba: alguien en mi situación no puede escuchar esas sesudas tertulias radiofónicas. Soy más de Gomaespuma.

La gente, por lo que tengo entendido, llamaba a las televisiones indignada, clamando justicia, exigiéndome que trabajara. ¡A mí, habrase visto! Y yo, mientras tanto, ajeno a todo, regaba mis plantitas en el palacio y perseguía, vestido con un quimono (en honor a mis frustrados anfitriones), a mi mujer por el jardín. Uno no se cansa de todo.

Esos días descansé. Descansé de pelotas.

Sé que algunos dijeron que el puesto me superaba. Y no lo voy a negar: es evidente. La cuestión, queridos amigos, no era ésa. No sé cuál era, pero no era ésa.

Sin embargo, el sistema es sabio.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Es bueno ser Rey (II)

Cuando ganas…. cuando ganas… es difícil de explicar. Durante unos momentos no te lo crees, a pesar de que determinadas consultas lo van anticipando, incluyendo esas encuestas israelitas que hacen a pie de urna. Pero en el fondo sabes que no puedes, que no quieres ganar.

Cuando empiezan a dar los resultados provisionales la verdad está ahí, cual expediente X. Se te vuelve a quedar la cara de tonto. Y sonríes para disimular. Sonríes hasta el infinito…. y más allá.

Y aquí estoy yo, un personaje de trapiche, sin más mérito que haber nacido y, tal vez, estar en lugar adecuado en el momento adecuado que, de repente, sin quererlo, es presidente del país. De todo el puto país.

Todos me felicitan en la noche electoral; me dicen que lo merezco: que les he dado su merecido. ¡A la mierda!

Es entonces cuando alguien, no recuerdo quién, me dice: “Sobre todo, utiliza frases cortas, mensajes simples. Son los ideales para los votantes. No te compliques, pues ellos no lo hacen”… ¡Qué gran verdad!

En ese momento lo único que puedes hacer para asumirlo es beber. Beber hasta reventar. Y entonces te emborrachas; te emborrachas con ese champán francés tan caro y de cuyo nombre no te acuerdas; te emborrachas tanto que te pones cachondo, cachondo de verdad. Y es entonces cuando tu mujer, de la que llevas escapando varios años, porque no entiende que la laca no tiene elementos afrodisíacos (no, no lo entiende); es entonces cuando hasta tu mujer te parece que se está poniendo interesante. Bien borracho como estás, porque el propio sistema te adormece para que lo asumas, para que asumas tu triunfo, es entonces cuando tu mujer te pone. Te pone de verdad. Y vas y te la tiras. Y te sientes un titán.

Y duermes.

******

Cuando desperté al día siguiente era el presidente electo.

La sensación era placentera e inquietante, pero lo llevé bien. Lo llevé de cojones durante unos meses. Hasta la toma del cargo… E incluso un poco más allá todavía.

Bien acompañado por buenos asistentes a cargo del partido, ligeramente achispado con anís en ocasiones (lo admito), lo soporté con estoicismo, con empaque castellano.

Saludé al jefe de estado, me despedí del pobre desgraciado que me precedió y dije unas palabritas que alguien me había escrito.

Pero la fiesta se acaba, el aguante mental de alguien como yo tiene un límite…

martes 17 de noviembre de 2009

Es bueno ser Rey (I)

Soy Presidente. Presidente del Gobierno.

Hasta ahí bien. Hasta ahí está claro.

La cuestión, queridos amigos, queridos votantes, es que no es fácil hacer mi trabajo. Os lo juro por Dios que no lo es.

Generalmente se piensa que la política es el refugio de los mediocres… y que queréis que os diga: normalmente es así. O por lo menos lo es en mi caso.

Hay gente muy honesta, muy capaz, muy orgullosa de ser quienes son; que levantarán su mano; la levantarán y gritarán: ¡Eso es una mierda! ¡Damos todo por nuestro pueblo! ¡Somos la esencia del país!... Sí, hay algunos así. ¡Dios nos libre de ellos!

Lo que queráis. No voy a discutir; creo que tengo suficientes elementos de juicio y os digo lo siguiente: soy un tipo del montón; un ejemplo, un triste ejemplo del axioma de Ortega y Gasset: yo soy yo y mis circunstancias. Y es que “The truth, my little friend” es que soy un personaje, un personaje mediocre y que el sistema, encantado de promover la mediocridad, me ha puesto aquí. Y eso es lo que soy: soy vuestro puto presidente. Os guste o no.
A mí, en concreto, me la toca.
Durante años pasé sin pena ni gloria por el hemiciclo (o Congresos de los Diputados para los no leídos), satisfecho de mi perfil bajo, saludando, sonriendo, firmando alguna que otra iniciativa legislativa, sin mucho ruido; pero determinadas circunstancias. (¡Ah, Ortega! ¿Por qué te sacaría yo del programa educativo?) me pusieron en el candelero; determinadas personas me insistieron en participar en las elecciones del partido.

En aquel momento andábamos escasos de liderazgo: el antiguo secetario general había dimitido y aquello era una puta merienda de negros. Yo no quería participar, estaba muy cómodo en mi situación. Pero la vanidad… ¡Ah, cuando te tocan la vanidad! “De acuerdo” dije: “Participaré”.

Y así lo hice: participé.

Y lo peor de todo es que gané.

La cara que se me quedó sólo era compensada por la cara de tonto de mi contrincante… Soy lector de Stephen King (lo admito) y creo, por lo tanto, como buen seguidor de “La Torre oscura”, en el jodido ka. Lo digo aquí y ahora: creo en el jodido ka… Y mi ka era triunfar sobre las dificultades. Era imponerme a los establecidos. ¿Por qué? ¡Yo qué sé! ¡Qué os den por saco!

Y así, resumiendo, es como llegué a ser candidato de mi partido.

Lo increíble no fue eso. Lo increíble fue que gané las elecciones nacionales.

Todo el que participa en el juego de la política sabe que puede ser un peón útil en algunos momentos. El mundo está lleno de candidatos quemados. Yo estaba dispuesto a serlo; a quemarme y que el partido me recompensase en el futuro con un buen puesto. Era un plan de vida tan bueno como cualquier otro. La cuestión, la jodida cuestión, es que gané (¿Os he hablado ya de las circunstancias? Porque de mí seguro que os he hablado). Acabé ganando las jodidas elecciones. Y lo primero que me dijeron es: elimina de tu vocabulario, e incluso de tu mente, la expresión “jodida”. Y aquí estoy, jodido como una puta almorrana, y sin poder decirlo.

martes 1 de septiembre de 2009

FdL XXVII: "El pen drive"

Su hermana le había visitado y Fabián estaba exultante, feliz como no estaba desde que el abuelo había muerto, atropellado por un skater justiciero en plena calle Preciados.

Cuando sonó el teléfono estaba tirado en el sofá, disfrutando de un vermú Yzaguirre y de María Teresa Campos en la tele, un plan que —sólo por repetido— estaba empezando a perder algo de su habitual lustre. Su única inquietud, untado en el sofá de piel, era si levantarse a cerrar la raída cortina, la cual dejaba pasar unos molestos rayos de sol que iban directos a su azotea, castigada por los vinos de la noche anterior.

—Diiiigaaa —exclamó Fabián, con esa animación fugaz y extrema que sufren los borrachos con la primera copita del día. Inmediatamente gritó—: ¡Fabi al aparato, dime!

—Ya sé que eres tú, melón —dijo su hermana Mariela.—. Voy a pasar a verte. Ábreme.

A pesar de vivir en el piso contiguo, rara vez se veían: les gustaba más llamarse por teléfono. Colgó el teléfono y Fabián intentó procesar la información. Se estiró con languidez en el sofá, escapando de un rayo de sol que le perseguía por la tapicería. Sonó el timbre de la puerta, un aldabonazo en su cerebro. Con dificultad se levantó y, sin soltar el vermú, se apretó el cinturón del batín de seda, para dirigirse con temblequeante dignidad hacia la entrada.

Al abrir se encontró a su hermana, agitando una especie de ficha de Tente azul, como si fuera un trofeo de caza. Definitivamente la niña había perdido la cabeza.

—Mira, mira lo que tengo aquiií —canturreó.

—¿Qué es eso? —preguntó Fabián, fingiendo indiferencia, aunque se moría por saber qué era eso: lo más interesante del día, eso seguro.

—¡Es un “pendraif”! —dijo su hermana.

—¿Y se supone que me tiene que impresionar?

—¡Pero mira que eres burra! —le espetó Mariela—. Es la solución a tus problemas.

—¿Qué problemas? —dijo Fabián, abriendo los brazos y señalando a ningún punto en concreto.

—La pasta, hermano. La pasta.

Fabián dio un largo sorbo de vermú Yzaguirre e intentó concentrarse en las palabras de Mariela, que continuó:

— Desde que palmó el abuelo te has ido gastando todos los dineros que nos dejó.

—Nos hemos ido gastando, más bien —corrigió Fabián.

—Lo que quieras. Un “pendraif” es una llave de memoria. Tiene archivos digitales guardados.

—¿Y?

Su hermana le miró y por primera vez se fijó en la bebida de Fabián.

—Ponme uno de esos, animal —dijo ella—. Estoy seca.

Fabián se dirigió al mueble bar y sirvió dos vermús largos. La botella estaba en las últimas. Es éste un mundo cruel.

Su hermana habló a su espalda:

—No sólo nosotros, sino todos los primos chupópteros, yonquis e ingratos que tenemos se han fundido todos los derechos de autor de las obras del abuelo. Hemos reeditado sus novelas del oeste en todo tipo de formatos: tapa dura, blanda, bolsillo, fascículos… Pero no es suficiente.

—No, no lo es —admitió Fabián—. Las remesas se están reduciendo. Este año no he podido ni hacerme el tratamiento de vinoterapia en Burdeos… Un desastre, oye.

—Lo sé. Al primo Adri hasta le ha dejado de fiar su camello; ahora tiene que pagar el tema al contado. Pero eso se ha terminado. ¿Recuerdas que la editorial me dijo que buceara en las cosas del abuelo?

—No.

—Bueno, no importa. Estuve buscando en su viejo ordenador, en su escritorio y, al final, en un cajón, al lado de su libro de coprofagia encontré este “pendraif” que tiene (agárrate los huevos) una novela inédita. Le faltan unas páginas, la dejó inacabada, pero da igual.

—No jodas —dijo Fabián.

—Jodo, jodo —rió su hermana—. Brindemos.

Y brindaron con vermú. Fabián recordó cómo se dispararon las ventas de las novelas del abuelo cuando murió atropellado; cómo se reeditaron todos sus clásicos de novela erótica del oeste y todos a vivir del cuento: la más bella estampa familiar. Ahora… ostia puta, ahora tenían el huevo de oro; una novela inédita, incluso sin estar finalizada era un bombazo editorial, pues el abuelo nunca pasó de moda: como los pantalones de campana, la literatura del abuelo siempre volvía.

Fabián se giró hacia la ventana, contempló a sus pies la ciudad y buscó con su mirada un supermercado abierto. Iba a tener que comprar más vermú: esto había que celebrarlo.

Le dio un largo sorbo al Yzaguirre. “A estos cabrones habría que levantarles un monumento” se dijo.

viernes 28 de agosto de 2009

FdL XXVI: "Galician Transfer"

La rata está muerta, tendida de espaldas, con las patas rígidas y apuntando al techo. Es un extraño bodegón.

Estoy en un aparcamiento que huele a meados ya veteranos, solos la rata y yo. La observo buscando un oculto significado a su vida, o tal vez a la mía. La empujo con la punta del zapato y bascula sobre su columna: está comenzando a hincharse debido a la actividad bacteriana.

Abandono la contemplación del roedor y me encamino a mi coche. Lo arranco y enfilo la rampa de parking evitando el cadáver, que se queda ahí, abandonado en la oscuridad como un libro de Saramago. Llego a mi oficina como cada mañana, triste por adelantado, pensando en el tiempo que falta para que termine mi jornada, en los días que faltan para cobrar la nómina.

Al mediodía suena el teléfono; alguien que no conozco me invita a comer y yo permanezco en silencio mientras me cuenta lo bien que lo pasamos anoche. Al final abro la boca y confieso sin vocalizar que se ha equivocado de número. Cuelga sin decir nada más. No sé si hablaba un hombre o una mujer. El teléfono se queda inerte en mi mano, incomprendido y asqueado, y lo cuelgo, sólo para dejar de oír su molesto pitido.

Mi empleo es monótono, intrascendente para el mundo, como cualquier otro trabajo. Veo mi vida al pasar y pienso que corro sin demasiado sentido, buscando sexo y amigos, una familia que envejece y rincones del mundo que son todos iguales: durante años me he alejado para volver al mismo sitio, embrujado por aviones y postales falsas.

A mi alrededor la gente se acelera, buscando la aprobación de un dios que no existe. Vivimos una especie de onanismo vital, pero no somos más que amebas mutadas que creen tener alma cuando sólo tienen prisa.

Vuelve a sonar el teléfono: mi madre me anuncia que tenemos comida con la tía Puri y su marido; van a traer a su nuevo hijo, otro nihilista potencial. “No se te ocurra faltar” me amenaza. La jornada amenaza tormenta y busco en mi cajón una caja de Xanax, la medicina del espíritu. Ante la duda me tomo dos comprimidos, acompañado de un sorbo de café soluble. Lo mejor de las benzodiacepinas es tragarlas, son momentos de esperanza, en los que piensas que quizá, sólo quizá, todo tiene solución. Y que la solución es esta moderna habichuela mágica.

A las dos en punto abandono mi puesto de trabajo y, levemente ausente, salgo de la oficina. En el ascensor me apretujo junto a otros trajes de Zara y pienso en mi infancia, en las profesiones que quise tener. Alguien suelta un eructo a chorizo cantimpalo y tengo que admitir que estoy lejos, muy lejos, de mandar un barco pirata o de pisar Marte.

Monto en el coche y vuelvo al aparcamiento. Llego tarde para comer. Al bajarme me engancho el traje con la puerta y escucho un sospechoso desgarrón. Creo que no me importa.

La rata sigue en el mismo sitio. Más hinchada si cabe. Me acerco a ella, dudando en tocarla. Tal vez me contamine, puede que me contagie la rabia. Puede que muera.

Busco una salida a mi vida, atrapado por los deseos de los demás, por sus frustraciones que ahora son las mías. Vivo una vida que no quiero, que nunca he pedido, de la que no sé salir.

Envidio a la rata y me pregunto si no estaré mirando a uno de los míos, porque cada mañana hago un recorrido preñado de melancolía que me hace preguntarme si no seré simplemente una rata correteando por un laberinto.

jueves 13 de agosto de 2009

Antiguallas IV: "El Opencor"

Es muy fácil decir lo que haríais en esa situación, pero vosotros no estabais allí. No, no estabais.

A la gente normal la atracan en su oficina bancaria, a mí me atacan en el Opencor.

Me llamo Mariana y trabajo de administrativa en una empresa de publicidad. El martes de la semana pasada, aprovechando una pausa para fumar, decidí ir a comprar un par de cosillas en el Opencor que hay debajo de mi oficina. Una compra rápida para solucionar la comida, porque llega mi marido a casa sólo diez minutos más tarde que yo y ya está quejándose, que si se pasa todo el día trabajando para llegar a casa y tener todo hecho un desastre, que si tal, que si cuál… ¿pero qué coño piensa él que hago todo el día, acaso ver culebrones? En fin, ésa no es la cuestión.

Mi idea era comprar y, antes de reincorporarme a mi puesto después de echar el cigarrito, dejarlo en mi coche. Lo hago muchas veces: es limpio, es rápido. Sin embargo, en esta ocasión, mientras caminaba con mi sopita de sobre y mis yogures desnatados hacia la caja, me di cuenta de que andaba escasa de detergente para la lavadora; así que volví sobre mis pasos, encontré de oferta el Lagarto de cinco kilos y, cargada como una mula, retomé mi camino previo. Recuerdo que en ese momento ocurrió algo bastante extraño: en el hilo musical comenzó a sonar Stayin´alive de los Bee Gees: Well, you can tell by the way I use my walk / I´m a woman´s man: no time to talk.

Cual fue mi sorpresa cuando, desplazándome hacia la caja con mi trote cochinero, veo que en la misma hay un rumano gritándole a la cajera, mientras blandía y/o esgrimía –que una lee a Sandra Brown- una pistola.

No pude entonces evitar un suspiro, casi nada, de hecho, fue más un suspirito que otra cosa. (Music loud and women warm, I´ve been kicked around / Since I was born). Pero el rumano me oye, mira a la cajera que tiene las manos en alto, supongo que se pone nervioso -¡ya sabéis que a los tíos les cuesta hacer más de dos cosas a la vez!- y le descerraja un tiro a la cajera; ésta cae al suelo, mientras su gorra azul tan mona se queda como suspendida en el aire y luego comienza a descender poco a poco. El atracador se gira entonces y se vuelve hacia mí. (And now its all right. it´s ok / And you may look the other way). Pero una, que está alerta, se lanza al interior del Opencor, entre el laberinto de pasillos, intentando no perder la compra. El rumano me sigue, giro a la derecha, luego a la izquierda… ¡será posible que justo hoy no haya nadie más en la tienda! y me agazapo entre los cereales. (We can try to understand / The New York Times effect on man).

Escucho la respiración pesada del atracador, está al otro lado del pasillo. Del estante cojo una lata de judías de El Gigante Verde y la dejo rodar por el suelo. Tal y como había esperado, el rumano –no me preguntéis cómo sé que es un rumano, lo sé- asoma la coronilla por ahí y le sacudo tremendo golpe con el detergente Lagarto: cinco kilos de furia que quitan manchas y respetan colores caen sobre su vacía cabezota. (Whether you´re a brother or whether you´re a mother / Youre stayin´ alive, stayin´ alive). El ruido que hace al golpear el Lagarto es acuoso, agradable; el fulano cae fulminado al suelo. ¿Y que creéis que hago, que me quedé sentada allí llorando? No, yo me levanto, me subo la faja que iba ya por Cuenca y me dirijo hacia la salida.

Por un momento pienso en dejar el bote de lagarto, pues manchado de sangre mi instrumento de justicia está, pero soy consciente de que puede llamar bastante la atención, así que me lo llevo junto al resto de mi compra. Es evidente que no voy a poder pagar y me digo que ya lo arreglaremos el próximo día. (Feel the city breakin´ and everybody shakin´).

Tengo prisa, mi jefe se va a cabrear. Una cosa es un descansito para fumar y otra esto.

Y no, no me digáis qué hubierais hecho otra cosa, porque vosotros no estabais allí.

jueves 30 de julio de 2009

FdL XXII: "Oda a la masturbación"

Que no se entiendan estas líneas como un fútil intento de crear un profuso y sesudo tratado sobre el denostado arte de la masturbación, sino simplemente como un inocente homenaje a la actividad preferida de los hombres.

Lo diré en pocas palabras: ¡la paja mola!

Tocarse uno mismo es lo mejor que hay: aporta equilibrio, paz espiritual, ritmo, armonía y ayuda siempre, no lo duden, a vencer el pertinaz insomnio que se presenta de vez en cuando: es un remedio limpio, rápido y eficaz para conciliar el sueño.

Que conste que no tengo nada contra el coito o contra una buena felación, no se me malinterprete, pero es el sexo en pareja o en grupo un asunto un tanto repetitivo: las variaciones son limitadas. Sin embargo, en el pajerío las opciones son infinitas: el límite es su imaginación. Además, no por repetido deja de ser cierto que es uno mismo quien mejor conoce su cuerpo, cómo le gusta que le toquen, el ritmo debido. El sexo en pareja está muy sobrevalorado.

En relación con el coito en equipo debo señalar que son evidentes y conocidas las limitaciones de los hombres para concentrarse en más de una cosa a la vez, lo que hace que sean capaces de dedicar mayor nivel de concentración en la masturbación, que no implica buscar el placer de dos o más personas, sino la propia. Es mucho más fácil y gratificante.

Por otra parte en la paja uno es abolutamente libre, olvidados ya los tabúes; la mayores guarrerías y perversiones están dentro de nuestra mente y sólo accedemos a ellas en soledad: tal vez a usted le exciten los culos peludos o los animales de compañía, o ha soñado con untar de miel milflores a la tía Maru. No importa. En soledad usted no tiene ataduras: puede pasarse una botella helada de cerveza por el perineo (zona erógena cada vez más de moda y con gran potencial turístico) o, si es usted auténticamente audaz, dar un paso más y meterse el cuello de la botella por el culo cuando se acelera… ¡Usted mismo! La vida es bella. Sólo recordarle cuando venga a mi casa que no coja una botella de cerveza de la nevera sin preguntar (por si acaso).

Y llegamos al orgasmo, el punto álgido, la gran evasión. En estos años, con tanta mierda de la new age y del sexo tántrico nos han intentado colar que es muy bueno eso de aguantarse el orgasmo… ¡A la mierda! Correrse es lo mejor que puede expermientar un hombre que, digan lo que digan, siempre disfrutará con una abundante y potente corrida. Dicen los hermanos Farrelly que decidieron que se dedicarían al humor cuando sus discusiones comenzaron a versar sobre la masturbación, sobre pajearse con los ojos cerrados, de si en algún momento habían perdido al correrse “eso”. Yo he llegado más allá: me la casco con los ojos abiertos, feliz de contemplarme; últimamente he llegado a la conclusión de que el mal llamado vicio de Onán es un arte formal, a la altura del origami, la caligrafía japonesa o el cultivo del bonsai; de ahí que ahora me corra, no sobre una triste servilleta o una foto de Rafaella Carrá, sino sobre un lienzo en blanco. Así es, planto el lienzo ante mi cacharro y cuando llego al orgasmo dirijo los chorros con maestría, buscando expresar la esencia de mi arte.

En las paredes de mi casa cuelgo esas obras maestras. Para la próxima feria ARCO un par de galeristas me han solicitado humildemente que les permita exponer mi trabajo.

Soy un jodido artista. Soy el Jackson Pollock de la paja.

martes 28 de julio de 2009

Antiguallas III: "La suerte"

El Secretario de Defensa y la Vicepresidenta permanecieron en pie contemplando al Presidente que, sentado ante su mesa, se estrujaba las sienes, como buscando una respuesta a sus dudas existenciales.

-Debe tomar una decisión, señor –dijo el Secretario de Defensa-. El mundo espera de nosotros una respuesta enérgica.

-Pero no tan enérgica –terció la Vicepresidenta-. La guerra es una decisión que no admite corrección posible. Posponer la invasión nos da un margen de maniobra, no así lo contrario. ¿Qué ganamos? Nada, no ganamos nada.

-¿Nada? –dijo el Secretario. Su cara empezaba a ponerse roja: mala señal -. Disculpe, señora Vicepresidenta, pero con todos los respetos empieza usted a parecerse al rojo de Edwin Starr.

-Hay contestación social a esta guerra, señores; continuas manifestaciones. Eso no se puede negar. La precipitación puede ser un error fatal. Esperemos un poco más.

El Presidente se levantó con violencia de su silla, que fue a estrellarse contra un perro de porcelana bastante feo.

-Voy a cagar –dijo y, sin esperar contestación, se dirigió hacia el baño presidencial.

El portazo del baño sacó a la vicepresidenta de sus cavilaciones.

-Vaya momento para ir al baño –dijo.

-Cómo se nota que es usted novata en el Gabinete–dijo, riéndose, el Secretario de Defensa-. Empezó a hacer esto cuando participó en la guerra, hace ya veinte años, para decidir, cuando había diversidad de opiniones entre los mandos que le aconsejaban, si el escuadrón que dirigía atacaría las posiciones enemigas o esperaría los refuerzos anunciados. Y no fue sólo en dos o tres ocasiones, se lo puedo asegurar.

-¿Me está diciendo que la decisión de entrar en guerra la va a tomar mientras defeca?

-Es algo más complejo, querida. El presidente, como declarado admirador de Richard Pryor que es, le concede una especial importancia al acto de cagar. Para él, que el zurullo al caer a la taza le salpique el culo es casi una señal divina. Si no se moja su presidencial trasero habrá paz, si se lo moja habrá guerra.

-Está usted de broma –susurró la Vicepresidenta.

-Para nada –dijo el Secretario de Defensa-, no sólo no estoy de broma sino que estoy de acuerdo. Aunque parezco extraño para usted, decisiones vitales para la historia del hombre se han acabado tomando tirando una moneda al aire. Esto, al menos, es más americano. De alguna manera que a usted y a mí se nos escapa, el presidente sigue la senda de los maestros orientales y aplica una genial variación del “I Ching” o Libro de las Mutaciones para la toma de decisiones… un I Ching del choricillo, por así decirlo.

-No puedo creerlo.

-Eso, señora, es su puto problema.

Un grito surgió del baño, un grito devastado, inhumano.

-¡Me cago en Dios! –aulló el Presidente.

El Secretario de Defensa y la Vicepresidenta se miraron. El Secretario le guiño un ojo.

El zurullo había dictado sentencia: invadirían Irak.

lunes 20 de julio de 2009

Antiguallas II: "La caja de lluvia"

En 1970 canté una canción titulada “Box of rain”. Guapa canción. Sin duda.

Me llamo Jerry Garcia y veraneo en Alicante.

A algunos les costará creerlo, pero es así: tengo un apartamento de 56 m2 (útiles) en primera línea del paseo marítimo de Benidorm. Acojonante, ¿verdad?

Sí… En aquella época podías encontrar apartamentos como éste a buen precio.

Hay gente que me dice: “Jerry, ¿por qué no vives en California? Te hacía con un casa en Santa Bárbara o Malibú ”. Y sí, a mí me pegaba vivir allí, es posible, pero hace treinta años Benidorm era ideal. ¡Teníais que haberlo visto entonces, con sus suecas y sus alemanas! Bueno, pues el tema es que me compré un apartamento que estuve alquilando a los guiris durante un montón de años; así, cuando decidí desaparecer de los USA estaba claro dónde iba a ir… Había pasado mucho tiempo desde mi última visita y, siendo honesto, tengo que reconocer que lo que encontré aquí no era lo que esperaba: ruido, enormes torres residenciales, ingleses borrachos (eso no estaba mal)… y mucha policía.

Y es que la pasma a mí siempre me puso nervioso, desde que en los sesenta nos gritaban aquello de “¡Leña al hippy melenudo que quiere drogar a nuestras hijas y tirárselas!”, lo cual no dejaba de ser cierto, pero que, en determinadas ocasiones, podía resultar cargante… e incluso ofensivo. Y la poli de aquí, aunque sea local, tiene ese toque un puntito nazi que tiene siempre la policía bien vestida. ¡Van impecables los cabrones!

Tengo más de setenta años y hace mucho fui una estrella del mundillo; fui un muerto agradecido y después fui un muerto a secas. Pero no estoy muerto y vivo en un pueblo de la costa de Alicante. Y miro a mi alrededor y me pregunto si no estaría ahora más agradecido si realmente hubiera muerto.

¿Por qué lo digo? A pesar del galimatías que supone mi cháchara, producto de la continua experimentación durante años con el LSD, el peyote, mescalina y demás medicamentos recomendados para el reblandecimiento cerebral, yo me entiendo, pero me voy quedando solo… Todos han ido cayendo, sólo quedamos Jagger y yo, y nadie sabe que sigo vivo. A mis vecinos siempre les he dicho quién soy; ellos se ríen corroborando el parecido y, aunque no me creen, me llaman Jerry y me exigen, especialmente un viejo matrimonio de Liverpool, cuando quedamos para beber sangría o Agua de Valencia, que les cuente anécdotas de los sesenta. Esta pareja, aunque me escuchan y sé que encuentran entretenidas dichas historias creen que me las invento… ¿Qué importa eso? Después de todo, con las curdas que se enganchan no saben ni quién coño fue John Lennon.

“Box of rain ” será siempre mi canción favorita. Siempre lo he sabido, pero nunca imaginé que la jodida canción me fuera a perseguir por medio mundo…

Una noche de agosto estaba sentado en una silla de playa que había sacado al balcón, viendo a través de la puerta abierta un programa en la tele de Ramón García. No sé si es relevante, señor juez, pero para mí Ramón García y sus grandes prixes son tan parte del verano como pueden serlos los grillos, el olor de mi mustio jazmín o el irritante canto de las cigarras… ¿Habéis visto alguna vez una cigarra? Son feas de cojones, ¿verdad?

Me siento, respiro hondo y miro la blanca pared ante mí. Me lío otro porrito de chronic, y no sé ni cuántos llevo ya. Estaba hablando de aquella noche de agosto, sí… Aquella noche veía la tele desde el balcón y recuerdo que llevaba puesto un bañador sin lavar, el mismo que llevo ahora y, no sé en qué momento, mientras veía una jamona que compartía escenario con Ramón García, me bajé el bañador hasta el tobillo y empecé a tocarme… Sí, a tocarme, ¿qué pasa? Yo soy de la generación del amor libre… aunque sea con uno mismo.

Y ahí estaba yo, dándole al asunto con juvenil entusiasmo, sintiendo como gruesos goterones de sudor goteaban por mi cuello y mi espalda hasta llegar a mi peludo culo, cuando sonó el timbre de la puerta. Disgustado, entré en la casa y me dirigí hacia la entrada del apartamento, subiéndome a la vez los pantalones del bañador. Abrí la puerta, para encontrarme frente a mí, en el suelo de terrazo, una caja de cartón abierta y vacía. Miré a mi alrededor, presa de un loco terror, temblando, helado… Porque sabía lo que eso significaba.

Me encanta “Box of rain”, a pesar de que es una canción que nunca compuse. Fui un muerto agradecido y ahora descubro que soy un muerto a secas… No sé quién puso la caja aquí… Créelo si lo necesitas o déjala si te atreves.

La caja no era de lluvia, por supuesto. Sé que no es una amenaza de mi camello –para eso prefieren utilizar cabezas cortadas de caballos- pero, en mi fuero interno, presiento que lo que me aterroriza es que ese otro venga a buscarme.

¿Acaso no estoy muerto para todos?

Una risa etílica resuena en la calle, a través de los ventanales abiertos.

Canta un grillo. Un niño llora… ¡Por Dios, qué calor hace hoy!

Yo me llamo Jerry Garcia. ¿Alguien da más?

martes 14 de julio de 2009

Antiguallas I: "¿Cuántas van?"

Tengo un vecino que no sé cómo se llama, pues cada día cambia de nombre.

Todas las tardes nos vemos después del trabajo. Me quito el traje –mi disfraz de comercial-, toco el timbre de la puerta de al lado y suenan unos pasos que se arrastran. Todas las tardes oigo el pestillo que se descorre, su mirada desconfiada al principio, un reconocimiento lento de mi persona y después la sonrisa en su rostro. “Hola Miguel Ángel” me dice siempre. Siempre hay un deje de sorpresa y emoción en su voz, tanto más curioso porque sé que la única visita que recibe soy yo.

—Hola vecino —le digo. Todas las tardes bajamos alegremente y en silencio las escaleras del viejo edificio del DF en el cual malvivimos; nos acercamos al bar de la esquina y pedimos el primer mezcal de la tarde.

Hasta aquí todo igual. Tarde tras tarde.

La diferencia estriba en el número de licores que bebamos. Yo aguanto muy bien el mezcal, a pesar de ser español; pero mi pinche amigo mejicano no… O sí. Juzguen ustedes.

Conocí a mi vecino una tristona tarde de diciembre de mi primer mes en Méjico. Estaba entrando en el bar a tomar una Corona cuando lo vi sentado en una esquina, bebiendo solo. Me hizo señas y me acerqué.

—¿Es usted español? —me dijo. Yo asentí —. Le he visto por las escaleras. Yo me llamo Paulo y soy brasileño. Vivo en el departamento contiguo.

Le saludé y me senté. Me invitó a un mezcal y me gustó. Me gustó tanto que me olvidé de la cerveza. Me gustó tanto que me olvidé de hacer otra cosa después del trabajo que no fuera buscar a mi vecino para beber mezcal, preferentemente la marca “Los suicidas”, la favorita del señor Amadeo Salvatierra, el cantinero.

Mi vecino aquel se presentó como Paulo. Llevaba bebidos seis tequilas y me contó que se llamaba Paulo Coelho y era escritor. Aquel día le creí. Durante varias tardes mi vecino me obsequió con unas cuantas citas de sus obras, que yo encontré un tanto ingenuas, aunque no dije nada por cortesía.

Dos semanas después de conocerlo, a la caída de la fría noche, mi vecino superó los diez mezcalitos y confesó que realmente se llamaba José Saramago y era un escritor portugués. A mí que llevaba diez “Suicidas” encima, tampoco me sorprendió tanto en un principio.

Una mañana iba paseando por una de esas eternas calles que tiene el DF cuando entré en una librería, la primera vez en mi vida. Allí encontré, en localización privilegiada, la última obra de Paulo Coelho; en la contraportada estaba la foto del autor, que no se parecía en nada a mi vecino. Busqué entonces, picado por la curiosidad, un libro de Saramago. Y lo encontré: se llamaba “El hombre duplicado” y, al hojearlo, comprobé que alguien se había olvidado de puntuar el texto. Pensé entonces, divertido, que tal vez había rebasado el número de mezcales aconsejable antes de sentarse a escribir. La contraportada no tenía foto pero decía que el autor vivía en Lanzarote. Sospeché entonces que mi vecino me engañaba.

Esa noche, cuando el número de licores llegaba a diez me armé de valor y le conté a mi vecino lo que había visto: le pedí una explicación. Él no habló, pero siguió bebiendo mezcal y lo mismo hice yo. Sin embargo, cuando pidió el decimoquinto mezcal, alcanzando un registro a la altura de pocos estómagos, temblando de excitación y oscilando de adelante hacia atrás, confesó:

—Querido Miguel Ángel —dijo él —. En realidad me he estado ocultando, soy un escritor argentino amenazado por los intolerantes y me llamo Jorge Bucay.

Me leyó entonces, arrastrando las palabras, un breve relato que dijo que había escrito. Y no sé si era verdad o mentira, pero el relato era tan malo, simplista y pretencioso, que decidí dejar de ser su compañero de tragos.

******

En la actualidad todas las tardes bajo a tomar margaritas con mi vecina española del piso de abajo, que también dice ser escritora. Además de ser fea con ganas y llamarse Lucía Etxebarría, cuando supera el número de cinco cócteles confiesa que es Espido Freire.

martes 7 de julio de 2009

FdL XIX: "Stairway to Heaven"

Fernando era, según su madre y su abuela, un poquito lento. A lo sumo. Para todos los demás el chaval era directamente subnormal.

Trabajaba en el burdel “La Chirla caliente”, el más finolis de toda “la milla putera”, entre los kilómetros 7 y 10 de la Nacional VI.

Allí, el joven fregaba los suelos de las habitaciones, limpiaba los baños y rascaba costras inquietantes, absorto en su mundo, reflexionando sobre las extrañas manifestaciones del amor.

Todos los días a las cinco de la tarde se abrían las puertas y los clientes llenaban el bar; al rato comenzaba una extraña procesión de putas y bigotes, de tangas y corbatas, que subían la escalera forrada de terciopelo, la cual les llevaba a las habitaciones: rosas y naranjas, con o sin jacuzzi, con cama vibrante y/o espejos variados. El paraíso en la Tierra.

Fernando, encerrado en la cocina, daba vueltas alrededor como un perro rabioso, mientras olía el sexo en el ambiente, presentía los gemidos y su sexo se inflamaba, ajeno a todo, presa de una pasión descontrolada. Sabía que, en las habitaciones que se encontraban encima de la cocina, Paquita La Cachonda hacía hervir a sus clientes barrigudos, que venían a verla con ojos de carnero y cartera de pardillo, lo que era (y es) una peligrosa combinación.

Cada noche, Paquita bajaba satisfecha, como si hubiera sido ella la que hubiera aplacado sus demonios. Era esta moza, a pesar de su nombre, africana de toda la vida (del mismo centro) pero se paseaba con tanto garbo envuelta en una mantilla que sus primeros clientes la llamaron Paquita. Y a ella le gustó.

Le gustaba en realidad toda España y sobre todo Madrid, por donde se paseaba en sus días libres por la Plaza de las Vistillas, siempre del brazo de su chulo, despertando sexos entumecidos y miradas libidinosas, vestida con un corpiño ajustado, una redecilla en la cabeza y siempre aderezada con su mantilla. Por supuesto comía bocadillos de entresijos, ponía flores en la tumba de Tierno Galván y creía que Sabina era Dios.

Cada noche, sucia de los clientes —pues era tan digna que no veía necesario lavarse—, Paquita bajaba las escaleras, se acercaba a Fernando yle daba un beso en la boca: el primero y último de cada jornada. El joven se desmayaba en las primeras ocasiones, pero con el pasar de los días ganó algo de autocontrol, el suficiente para permanecer consciente y correr a hacerse una manola urgente en el baño de las visitas. Diez minutos después volvía feliz y Paquita le daba un beso —éste en la mejilla— y le deseaba buenas noches. Fernando se iba en autobús a su casa, completamente enamorado. Ahorraba veinte euros cada mes, con la esperanza de comprarle a Paquita un bonito anillo de compromiso en la tienda de los chinos.

La última Nochebuena —jornada siempre movida de hombres antes de la cena familiar— Fernando oyó gritos en el piso de arriba, salió de la cocina y corrió hacia las escaleras; Paquita bajaba por ellas, desnuda de cintura para abajo y perseguida por un borracho gordo y bigotudo. Fernando, ebrio por los aromas que emanaba el sexo de Paquita, se lanzó escaleras arriba por primera vez en su vida, sólo para tropezarse y caerse de morros contra un peldaño. Oyó quebrarse sus dientes y, a través de las lágrimas —más de fracaso que de dolor—, entrevió cómo arrastraban al cliente a la calle, mientras Paquita se recomponía y observaba con desprecio al retrasado que, fútilmente, braceaba pidiendo ayuda.

Fernando perdió su trabajo en “La Chirla Caliente”, pues incomodaba a los clientes con su boca desdentada. Su madre decidió, aprovechando —ya que estaba— la Seguridad Social, hacerle unos dientes nuevos. El chaval luce ahora una sonrisa deslumbrante y cerámica. Incapacitado totalmente para hablar —y pensar— un partido político —no diré cuál— le hizo un hueco en las listas como representante de una minoría oprimida.

Durante las últimas elecciones Fernando fue elegido diputado en las Cortes Generales. Paquita, por su parte, sigue despertando pasiones con su fusión afro-castiza y, durante las últimas Fiestas del barrio de Aluche, fue la encargada de leer el pregón.

Nunca se volvieron a ver.

lunes 29 de junio de 2009

FdL XVII: "A caballo"

Vivo la vida a caballo. A saco. Y no me refiero a tener un poco de cara, no; yo hablo de vivir auténticamente a caballo, como un mosquetero en una panadería, como un adolescente en un videoclub porno.

No descanso, vivo atareado, estresado a más no poder; la vida es un desafío continuo. Vivo para el amor pues, como dirían los hermanos Quijano, esos grandes maestros infravalorados, soy un jodido donante de placer. Sí, eso es lo que soy. ¿Y por qué? Pues porque, queridos amigos y amigas, soy capaz de echar trece polvos seguidos. Sin sacarla.

Algunos podrían tildarme de exagerado, pero es la realidad. Soy el Gengis Khan de la alcoba, el Mozart del metesaca. Salgo por la mañana de casa —cuando salgo— y tengo esa mirada en los ojos que delata al depredador, al comechuminos compulsivo. No puedo pensar, desde primera hora, en otra cosa que no sea follar, en echar un polvo, en mojar el churro, en pulir el rifle del amor, o como lo quieras llamar. El sexo es mi vida, mi trabajo a tiempo completo, mi obsesión.

La gente se sorprende que me atreva con todo y con todas, pero yo soy así: soy un jodido geypermán y vivo la vida a caballo. Estoy rodeado de gente apocada, sin seguridad en sí mismos. Y a mí eso me sobra. Os lo juro. Tengo dos pelotas gordas como melones.

A Felisa la conocí una noche en una fiesta en Gabanna. Era presentadora de un programa para niños en la televisión, era amiga de la farlopa y de chupar rabos. Comer pollas era su pasión, su mayor afición. Con eso me conquistó.

Entre nosotros dos no podía surgir otra cosa que la chispa de un polvo guarro.

La miré sin miedo al fracaso, con ojos de macho alfa. No me hizo falta hablar demasiado. Mejor, porque si abro la boca bajo bastantes puntos. Nos arrastramos en silencio al baño de minusválidos; allí le arranqué la ropa y me la follé en una posición bastante incómoda. Cualquiera que nos hubiera visto hubiera concluido que, si no éramos tullidos poco nos faltaba.

En mi casa la cosa sólo podía mejorar. Puse mi disco de Marvin Gaye (siempre en vinilo, el único plástico que permito en mis relaciones) y de ahí al cielo. Trece polvos le eché a la tía más buena que pasado haya por mi catre. ¿Qué soy un exagerado? Venid y probadlo, guapas. Trece. Y sin sacarla. Ése soy yo.

A la semana siguiente aparecí en el Hola como “el misterioso y guapo acompañante de Felisa”. Días después me pusieron nombre en el Sé lo que hicisteis. Al mes estaba entre la selección que hace el Cuore de “cuerpazos de verano”.

Mi chica me contemplaba con arrobo en los locales de moda mientras yo ponía cara de ser fiero en la cama. A la mínima se escapaba y me daba una lavadita de sable. Mis amigos se morían de envidia, víctimas de su indecisión, del miedo al fracaso.

A partir de ahí todo ha sido subir. Me he paseado por los platós vestido con mis trapitos de D&G (con el logo bien grande), contando batallas imposibles y gesticulando. Pero esta noche ha sido diferente: Mariñas me ha preguntado, provocado, lanzado insidias.

Y yo entro y le cuento todo, detalles sórdidos incluidos. El programa es un éxito de público. Los audímetros revientan. España me quiere.

Ella, mi Felisa, me ha dejado hoy. Dice que soy indiscreto, que contar en la tele que le apasiona chupar rabos es una falta de respeto.

—Pero es cierto… —me defiendo.

Felisa da un portazo al salir.

Tengo que vestirme que tengo una entrevista con Karmele y con María Patiño. Están un poco pasaditas ya, pero si me entran a la pluma me las tiro.

Soy así. Voy a caballo por la vida. Es que no sé vivir de otra manera.

lunes 15 de junio de 2009

FdL XV: "Aquí no hay nada que ver"

Al señor Cohen le contaron que había habido una inundación y, como en tantas otras cosas, tuvo toda la razón.

La nave sobrevoló el valle lunar, en el que durante décadas se había levantado, con esa tenacidad tan propia de los humanos, la ciudad más grande de la luna: Nueva Selenia.

Nueva Selenia había surgido como el intento más serio de consolidar la terraformación del satélite terráqueo. Y durante años prosperó al amparo de una legislación fiscal favorable y grandes recursos mineros, fuera de la jurisdicción de los países terrestres, en aplicación de la famosa Directiva 13/2104 de la antigua O.N.U.

Por supuesto, viendo las ruinas en que se había convertido la ciudad, arrasada por unas lluvias inimaginables para los terrícolas, la prosperidad era un concepto relativo. La nave se detuvo sobre una antigua villa de estilo colonial, en la que el agua llegaba todavía hasta la altura del segundo y último piso. Me coloqué en la plataforma magnética de la nave, que me depositó suavemente sobre la terraza de la villa.

El suelo de la terraza resistía a duras penas y crujía bajo mis pies; al apoyarme en la barandilla de madera ésta se desprendió de la base y cayó a las aguas que me rodeaban, una siniestra masa verdosa, estando a punto de llevarme consigo. La madera flotó despreocupadamente ante mis ojos, ignorando la tragedia de la que había sido testigo, despreciando la muerte del sueño de la expansión humana interplanetaria, la utopía de la terraformación. Fueron necesarios más de veinte años para conseguir una atmósfera limpia y respirable en la luna. Miles de millones de dólares y unas cuantas vidas humanas después, la Luna tenía atmósfera, jardines, calles adoquinadas y máquinas expendedoras.

Ahora teníamos un lago enorme.

Entré en la casa; el suelo estaba todavía mojado y olía a podrido; bajé hasta la primera planta y allí, con el agua a la altura del pecho, encontré al alcalde Jorgensen, flotando entre patos de plástico y papeles diversos. En la cámara adyacente encontré a su mujer con el rostro hinchado, un grosero homenaje al bótox. Cogí a Jorgensen de la pechera y lo apoyé contra el escritorio. Allí había unos papeles que aparté para dejar sitio a su pesada y acuosa cabeza.

Colocado así Jorgensen estaba muy lejos de ser excelentísimo. Tenía los papeles en la mano y, aunque mojados, reconocí en ellos su letra recargada. Era un cuento bastante malo, escrito en un inglés macarrónico, sobre un perro pequinés envuelto en un viaje iniciático, de menos de dos folios. Lo leí estupefacto y, al llegar al final, vi que tenía una dedicatoria: “A Maureen la joven luz de mi vida”.

Maureen había sido su amante más reciente. Todavía no la habíamos localizado, a ella o a su cuerpo pero, de estar viva, habría que eliminarla. No faltaba más que a la chavalilla le diera por reclamar una pensión o parte de la fortuna de Jorgensen. Sus hijos, que eran los que pagaban las facturas del equipo policial de rescate, no estarían nada contentos. Doblé los papeles y me los metí en el bolsillo. Llamé por radio al capitán Reynolds.

—El alcalde y su mujer están aquí —dije.

—¿Cómo están? —preguntó el capitán.

—Mojados —contesté—. Están muy mojados.

lunes 8 de junio de 2009

Charlize Theron by Richard Avedon






















Déjame que te cuente
lo que tú ya ves:
que las formas femeninas
se revelan rotundas
bajo el ojo del maestro;
se desatan las envidias
y quién sabe
si se enervan las endibias
ante pieles desnudas,
turgentes y sudafricanas
como copas de Martini

Charlize se prestigia
con su simple presencia
pero la vanidad es insaciable,
es una tentación enorme
aparecer en "performance"
antes de la muerte del jefe
elevando así si cabe
el mito a la leyenda

La Theron subió de escalafón
de muñequita pasó a diva
y yo afirmo sin rubor
que el moderno retoque es milagroso:
que por las mañanas
no es tan bella la rubita
como la vecina del quinto
que friega mi escalera

viernes 5 de junio de 2009

FdL XIV: "No me toques los taninos"

El día de la boda despertó cubierto por un manto de bruma gris, ligeras gotas de lluvia moteaban los cristales y pájaros perezosos caminaban sin rumbo por la hierba mojada.

En mi habitación flotaba una atmósfera eléctrica, víspera de la tragedia moruna.

Decía Blasco Ibáñez que los valencianos tenemos sangre mora, que somos propensos a la venganza violenta. En ocasiones he pensado que la afirmación de Don Vicente tiene mucho de cierto.

Observé mi reflejo en la rectoría mientras me vestía y me descubrí preocupado por el precario equilibrio de nuestras vidas, de nuestras mentes: ondas cerebrales, sinapsis, reacciones químicas y cosas de ésas que nos conforman una imagen de la realidad, ¿cómo ser consciente de ello y mantener la cordura? Millones de células en una loca carrera por la oxidación y la reproducción, ¿cómo ser consciente de ello y mantener la fe?

Durante la ceremonia de Cassidy las interrupciones fueron continuas, sonaron teléfonos móviles con frases de Chiquito de la Calzada y melodías de “reggaetón”: el pan nuestro de cada día. El novio, un guiri gordito, sudaba profusamente. Contemplé a Cassidy y a su novia seguir mis instrucciones, hacer el paripé, provocarme asco con su hipocresía.

Me invitaron después al banquete, que se celebraba en un salón hortera a las afueras de Valencia. Fui allí como en un sueño, con la sensación de flotar, actuando con una suerte de piloto automático listo para ser retirado del servicio; asentía cortésmente a las preguntas estúpidas que me planteaban y pensaba en falsedades y ofensas recibidas por mí y por mi Iglesia; en el hecho de haberse convertido mi religión en un esperpento social, lejos del símbolo que en algún momento supuso. “El esperpento o la nada” me dije.

Me senté a la mesa entre la madre (divorciada) de la novia, una huertana gritona y pintarrajeada, y el primo del novio. Delante de mí se erguía, con fálico orgullo, una botella Magnum de tinto “Maduresa”: al menos la visita iba a valer la pena. El primo del novio se llamaba Frank y era gay; me contó, en un castellano paellero, que John Cassidy —“la víctima” lo llamaba— era cantante y su labor profesional se limitaba a imitar a Johnny Cash.

Cuando se acabó la botella de vino Frank empezó a mirarme de lado, a hacerme cucamonas, lo que definitivamente ya me tocó los huevos: en los últimos años a los curas nos colocan en las celebraciones siempre lejos de las mesas de los niños y cerca del mariconcete soltero de la familia. ¡Pues no señores! A mí no me van los niños y sí me gustan las señoras, aunque el médico me lo haya prohibido. Así que me giré hacia la madre de la novia, que gritaba y gesticulaba, presa de una alegría histérica, perdidos ya los papeles y, sin mucho disimulo, comencé a mirarle el escote. Ella me sonrió con entusiasmo febril y me dijo, entre suspiros, que se llamaba Trini. Esto pintaba cada vez peor.

El camarero nos trajo otra botella de “Maduresa” que yo atrapé al vuelo. Frank hizo amago de querer recuperarla y le di un azote en la mano.

—No me toques los taninos chaval, que esto no es una sangría —le dije.

Estaba completamente borracho y por más vueltas que le daba no encontraba razones para no enloquecer, para seguir viviendo esta farsa. Llevaba bebidas, aproximadamente, unas 18 copas de tinto cuando me levanté de la mesa, buscando escapar de las manos curiosas de Frank, que por la izquierda, y de Trini, por la derecha, hurgaban bajo mi sotana buscando una imposible absolución.

Me paseé por el salón, embriagado de certeza, deseoso de poseer un espíritu ácrata, una voluntad férrea, una virilidad convulsa: todo a la vez. ¿Cómo mantener la cordura? me volví a repetir. Pensé en agarrar la botella magnum, en abrir cabezas como expresión de furia insatisfecha pero ¿acaso mi venganza moruna me devolvería la tierra, la dignidad? En estos tiempos el digno es despojado y su barraca es profanada; si reacciona con justa cólera la televisión lo deforma, lo banaliza: no sólo te engorda cinco kilos, sino que las causas se ven patéticas en alta definición.

Salí del salón con la cabeza alta mientras los convidados me observaban. En la puerta del salón me contemplé en un espejo de cuerpo entero: vi una sotana negra, unas entradas pronunciadas y un ceño innecesariamente fruncido.

La mañana había amanecido gris, era un día húmedo y plomizo y yo había bebido mucho vino. Lo comprobé al sacar la lengua y ver en el espejo que tenía un color granate, cardenalicio más bien.

Quise ver en ello una señal.

lunes 1 de junio de 2009

FdL XIII: "Suburban"

Siempre me han gustado las mujeres casadas; después de años luchando por tener un marido se han dado cuenta de que no vale la pena; de que luchaban por la nada más absoluta. Al pasar unos años de matrimonio descubren que la única escapatoria de la nada es el sexo.

Y cuanto más marrano mejor.

El sexo nos confirma, aunque sea durante breves segundos, que somos algo en el universo. Es una explosión de endorfinas egoísta y decadente. Es nuestro modo de vida. No es la imaginación o el amor lo que nos diferencia de otros animales, no es la consciencia de nosotros mismos: es la capacidad de disfrutar haciendo guarradas entre las sábanas; es el placer de engañar a quien le hemos prometido fidelidad eterna.

Llamé a la puerta de la casa que María y su marido tenían en un bonito barrio suburbano y esperé a que me abriera: llevaba para almorzar un cubo con 50 alitas de pollo fritas y rebozadas de Hooters, una auténtica delicia; en el jardín de la casa contigua un niño me miraba intrigado, era un hijo puta refinado. Me observó con envidia y odio, me sacó la lengua y yo le guiñé un ojo. No serían más de las diez de la mañana.

María abrió la puerta; sólo llevaba puesta una enorme toalla de pelusa de culo de mandril anudada por encima de los pechos, otra tapándole la cabeza y una máscara de un potingue verde realmente repulsivo. Era evidente que no me esperaba.

—Hola chochín —le dije. Abrió mucho los ojos, aparentemente excitada por mi jerga de puticlub; pasé la mano libre por la emplasto de su cara, me llevé en mi dedo algo de pasta verde para la que ya tenía un destino y le pregunté—: ¿Qué mierda es ésta que llevas puesta?

—Cabrón ignorante —me dijo—; esta crema rejuvenecedora vale lo que ganas en un año; está hecha de placenta de bebé exclusivamente caucásico.

—Lo que quieras —contesté apartándola de la puerta y pasando al interior— pero como lubricante puede valer. ¿Dónde está tu marido?

—Trabajando, supongo.

—Eso está bien, eso está muy bien. ¿Follamos? Te he traído unas alitas.

Ella miró el cubo de pollo y a mí, luego se miró a sí misma y abrió los brazos, como diciendo: “¿No ves que no estoy en condiciones?”.

—¿Eso es un sí? —dije acercándome provocativamente a ella: sé que mi camisa abierta, mi pecho peludo y mi cadenita de oro al cuello la ponían a cien.

Ella, sorprendentemente, me respondió con un empujón contundente y sin posibilidad de contrarréplica.

—Va a ser que no —me soltó, la muy perra.

—Ponme un café —exigí—. Y que sea “Saimaza” —aclaré, iluso de mí.

Antes mis ojos me plantó una taza con una pasta extraña y olorosa que María llamó “café”.

—¿Qué cojones es esto? —le pregunté.

—Es café “Kopi Luwak”, lo mejor que hay.

—Ya, pues huele a caca.

—La verdad, mi querido y viril paleto, es que los granos de la planta de café son ingeridos en Indonesia por un gato local que los defeca; el paso por su tracto intestinal es lo que le da ese aroma y sabor tan especial. Una exquisitez al alcance de pocos mortales.

Me levanté de la silla completamente indignado, no tanto porque me llamara paleto como por darme caca de gato; cogí del brazo a María y la volteé, la apoyé contra la encimera de la cocina y le quité la toalla. Me bajé los pantalones. Cuando empecé a embestirla con rudeza pegó la cara al corian de la encimera y, con el movimiento sexy, el potingue comenzó a deslizarse de su rostro. Agarré una botella de agua Premium que se llamaba “Orinalakia: Pis de Zeus extraído directamente de las nieves del Monte Olimpo” y se lo eché por la cara, intentando deshacerme de la máscara verdosa de placenta de bebé que, lo crea alguien o no, amenazaba con bajarme la libido.

—Pero mira que eres cerda —le dije.

Seguí vacunándola y cuando estaba a punto de llegar al orgasmo —el mío, pues el de mis amantes me importa más bien poco— agarré una alita de pollo de Hooters y comencé a azotarle las nalgas con ella.

Las mujeres suburbanas casadas son fantásticas, son cínicas, guarras y retorcidas, pero cuando se ponen con su rollito gourmet es que no puedo con ellas.

miércoles 6 de mayo de 2009

FdL X: "Blanca Navidad"

—Os voy a contar cómo murió el cabrón de Santa Claus—dijo el tío Aurelio y los ojos de los niños se abrieron como platos.

El tío Aurelio había llegado bastante colocado a la cena de Nochebuena; y eso, que a los padres y a los abuelos les cabreaba mucho, a los niños les encantaba. Así que Vicente, el patriarca familiar y hermano de Aurelio, decidió que éste cenaría con los chavales, cosa que provocó similar alborozo entre sus sobrinos y el propio Aurelio.

Al finalizar el ágape, después de tres botellas de rioja y dos roncitos cola, el tío Aurelio estaba más que dispuesto a contar su historia; observó por el rabillo del ojo a los mayores, y, considerando que estaban inmersos en conversaciones sesudas, reunió a los jóvenes a su alrededor y comenzó liarse un porrito.

—Os voy a contar, sí, cómo murió Santa Claus.

—Pero —le interrumpió Clara, su sobrinita de ocho años—, eso no puede ser, si Santa Claus va a venir dentro de un rato.

—Olvídate de eso, pequeña —le dijo el tío Aurelio—. Santa está palmera total y si hoy tienes algún regalo será de los cursis de tus padres.

Clara comenzó a llorar desconsolada.

—Clarita, Clarita, no llores —dijo su tío y ofreciéndole el porro dijo—: Dale una caladita a esto y ya verás cómo te deja de importar lo de Santa Claus. —La niña le dio una chupada al canuto y puso cara de susto; instantes después comenzó a reír y ya no paró.

—A ver, ¿por dónde iba? —dijo—. ¡Ah, sí! Bueno pues resulta que Santa Claus era finlandés.

—¡A mí siempre me han contado que es lapón! —interrumpió el repelente Vicentín, el hijo de su hermano.

—¡Bueno, basta ya! —dijo el tío Aurelio exhibiendo amenazador el canuto—. Si alguien me vuelve a interrumpir le daré doble ración de sangre de Hassán para que se tranquilice.

Y los chavales, viendo que los ojos de Clarita daban vueltas bajo el influjo del porro, y que la niña echaba espumarajos verdes por la boca, convertida ya en un gremlim alimentado más allá de medianoche, decidieron callar y escuchar.

—Si yo digo que era finlandés, es que lo era —dijo el tío Aurelio, intentando recuperar el hilo de sus brumosos pensamientos—. Pero la cosa es que era travesti y mirón, sí. Se llamaba Olaf y le gustaba vestirse de mujer, especialmente con el traje rojo de comunión de su madre.

“Así que se ponía un liguero, un gorrito como ése de Loewe que se ve ahora, el vestido rojo de la madre y un abrigo de cabritilla, para salir a dar vueltas en Nochebuena. Montaba en su Saab y salía escopetado.

—¿Un Saab? —dijo Vicentín—. Pero si ese coche es sueco, ni lapón… ni finlandés, para el caso.

—¡Niño! —gruño Aurelio—. Santa Claus, que por esa época no era santo ni santa, sino todo lo contrario, se montaba en el ¡Saaaaaab! y visitaba a niños y niñas en su pueblo, se colaba en sus casas por las chimeneas vestido como una Sarita Montiel travestida, sólo para observar a las niñas y robarles su ropa interior, que le daba juego para el resto del invierno, hasta que llegaba la primavera y la época de las suecas en biquini. Como compensación, Santa siempre les dejaba a las niñas un regalito en la almohada que no os voy a decir qué era.

“Pero hete aquí que Santa Claus engordó y se puso como una foca, como le pasa a todos los pervertidos. —En ese momento Aurelio se palpó la barriga y comprobó, satisfecho, cómo tenía recorrido todavía—. Y una Nochebuena se metió por la chimenea de la casa del párroco, buscando ver en camisón a esa sobrina que había venido de Oslo (capital de Finlondia) y que contaban que estaba rebuena, pero sólo para quedar atascado como un chorizo de mal gusto en la estrecha chimenea del párroco.

“Cuando el párroco despertó el día de Navidad y se encontró unas piernas flacas y peludas vestidas con liguero sintió una leve excitación, una calentura extraña, y comenzó a acariciar esas rodillas huesudas sin rostro. Indignado, Santa comenzó a agitarse dentro de la chimenea y soltó su cuerpo, pero sólo para quedarse enganchado con ese cabezón noruego que gastaba y romperse el cuello.

“El párroco asustado, lo sacó como pudo y lo enterró en un lago salmonero. Contó que Olaf se le había aparecido en sueños para contarle que Dios le había iluminado y se había convertido en el espíritu de la Navidad, que viviría eternamente por ella.

—Así que, niños —concluyó Aurelio, apurando el canuto—, en cien años todos calvos.

martes 28 de abril de 2009

FdL IX: "Zurdov"

Fue en la ciudad de Moscú, en el otoño del año 18**, cuando Alexei Rodrigovich Zurdov se dio a conocer a la sociedad rusa.

El señor Rodrigovich Zurdov era un estudiante, un perpetuo aspirante al cuerpo de ingenieros que, a la luz de un candil había decidido, entre sorbo y sorbo de vodka, convertirse en escritor, en señor de las letras, en desbancar a Gogol, a Pushkin y a Turguenev. Una aspiración muy noble y digna de él, mas el problema estribaba en su incapacidad física para escribir. Rodrigovich era huérfano y zurdo de ambas manos.

En otros tiempos un Dios misericordioso le habría recompensado con una pensión en rublos no devaluables, pero en la Rusia de 18** Rodrigovich era un inútil total.

Su tía, la condesa ****, prima lejana del zar, le había acogido bajo su manto protector a la muerte de sus padres, víctimas de un esturión vengativo a la orilla del río Volga. La tía, una anciana sin oficio ni beneficio era, como debe ser toda buena condesa rusa, una rentista acomodada que huía del trabajo como de la peste. Ella le decía que así debía ser el mundo: un mundo en los que los lacayos trabajaban y los señores mandaban.

La condesa cuidaba a Rodrigovich y le permitía vivir cómodamente, sin presiones. Una doncella lo cuidaba en su habitación, le acompañaba a sus paseos y él se dejaba alimentar, incapaz de usar una cuchara pero siempre alejado de la vida social de la condesa que, a su modo, lo encontraba encantador y mísero. Eran tiempos difíciles. Y fríos de pelotas.

Y sin embargo decidió hacerse escritor. Lo anunció a sus escasos amigos, que le indicaron las dificultades técnicas: no sólo era incapaz de escribir, sino tan solo de coger la pluma; verlo concentrarse en levantar el plumín con sus dos zurdas era un espectáculo que, no por desagradable, se hacía menos fascinante. Durante noches lloró entre los pechos de la frondosa doncella lamentándose de su infausto destino.

Aun así, su tía, enternecida por su determinación, decidió presentarlo en sociedad en otoño de 18**. Rodrigovich Zurdov, siniestro entre los zurdos, anunció de la mano de la doncella y de espaldas a la nobleza un poco rusa, un poco baturra, que era el más grande escritor del imperio. Nadie había leído nada de sus inexistentes obras, pero el hecho de darles la espalda, así como el entusiasmo de la condesa **** en aceptar la superioridad literaria de su sobrino sobre sus coetáneos, hizo que todos aplaudieran y se retiraran afirmando que era el más grande de la estepa. Después de todo la condesa pagaba los canapeses y no era plan de llevarle la contraria.

Sorprendentemente el hecho de no publicar nada no hizo más que acrecentar su leyenda: algunos nobles afirmaban haber leído la obra rusa definitiva en un salón del zar, poseedor de la única copia; otros aseguraban que la condesa guardaba el original dentro de su corsé, lejos de manos curiosas.

Rodrigovich Zurdov fue el primer autor que vivió del cuento, la cual era una especialidad bastante digna en sus tiempos. Fue a su vez el primer autor que convenció a sus no-lectores del valor de la exclusividad extrema, de lo efímero del papel, de lo inane del best-seller.

Fue, a fin de cuentas, un valiente hijo de puta.

jueves 16 de abril de 2009

FdL VII: "Juanito Badajo"

Jugueteo con el consolador; lo agito y lo meneo, fascinado por sus proporciones, por su astronaútico material rosado y por su textura rugosa. Durante años he estado usando este tipo de objetos, los he introducido en los sexos de mis amantes femeninas y siempre me habían parecido una débil sombra de la realidad. Ahora es una prueba de mi hombría…

Pero empecemos por el principio.

Me llamo Juanito Badajo y, como es fácilmente entendible, soy actor porno. En otra vida tuve otro nombre pero eso hace mucho que dejó de importar. Ahora soy lo que soy, un artista del cine para adultos, una leyenda en el internet: el rey del gonzo.

O lo era.

En los últimos dos años mi caché ha ido decayendo de manera lenta pero constante. No se trata sólo de la competencia del emule y el torrent, que también, sino sobre todo de esos jóvenes depiladitos que vienen de Hungría y por ahí: nuevos guarretes con ambición y cuerpos de acero. Mi estilo de hombre, más cerca del gran Burt Reynolds que del canijo Kortajarena, está un tanto pasado de moda… un poquito out que dirían los modernos.

Me observo en el espejo, mi cuerpo está definido y musculoso, mi rabo es aún más que potente y mis corridas son la envidia de la vecindad; sin embargo, para qué negarlo, a pesar del gimnasio diario algo de grasa se apelotona, tozuda, alrededor de mi cintura: mi personal trainer dice que ya no hay otro remedio que una lipo urgente…

En los últimos meses mis gastos se han mantenido, pero mis ingresos por película se reducen de manera constante. Y mi cuenta corriente sufre como si fuera un vulgar promotor inmobiliario. Mi agente habló conmigo esta semana. La conversación fue breve:

—Tengo una propuesta para ti —me dijo.

—¿Qué? —le pregunté.

—La última manera de relanzar tu carrera. Una oferta única; si la aceptas y funciona bien podrás retirarte, tal vez incluso comprarte esa vieja finca de Lugo y montarte la casa de turismo rural que querías.

—¿De qué va la historia?

—Si te niegas no puedo garantizarte nuevos contratos: los húngaros están dando muy duro. —Mi agente iba a su rollo: usted pregúnteme lo que quiera que yo responderé lo que me dé la gana.

—¿Pero qué es? —insistí.

—Porno gay.

—No me jodas…

—Y eso no es todo —me prometió.

Y así que aquí estoy; agitando el consolador. ¿Por qué? Os preguntaréis. Pues porque no se trata sólo de porno gay. Yo siempre he dicho que maricón es el que recibe, y por ahí van los tiros; estaba dispuesto a petarme un par de pollos sin pensarlo demasiado pero esto… Venga, que a todos os han metido las chavalas un dedillo en el trasero de vez en cuando, y a todos os ha gustado; sin embargo, ahora quieren que me deje dar por detrás por un negro llamado Jimmy the Intruder: imaginaos por qué lo llaman así. No, definitivamente el mundo del porno no es un mundo sutil.

Llaman a la puerta del camerino: me están esperando. Miro una última vez al consolador y lo arrojo contra el espejo, donde rebota blandamente, un juguete roto.

En la habitación en la que vamos a rodar hace frío. El director está en su puesto y yo me quito el albornoz; con el frío ambiental mi aparato no impresiona nada: va a costar bastante ponerlo en marcha. Le hablo, le digo cositas para animarlo.

Veo a cuatro tíos, cachas como culturistas, desnudos y pelados, con máscaras de cuero como única vestimenta. Evidentemente no es el sitio ni el momento para mí. ¡Qué le den por culo a la casa rural! Yo esto no lo hago.

Desgraciadamente no sorprendo a nadie; cuando hago amago de escabullirme los enmascarados me agarran y me tiran contra la cama de la habitación. El director da órdenes entusiasmado: sé que no tengo nada que hacer. Me convenzo de que hay que ser profesional y me intento relajar.

Sin embargo mi valor desaparece cuando veo aparecer a Jimmy the Intruder luciendo una minga que parece un congrio salvaje dando mordiscos. El terror me domina. “Nadie puede pagar suficiente por esto” me digo. La cámara se acerca entre mis piernas. Alguien saca un bote de mantequilla de “Central Lechera Asturiana”, qué jodíos…

Soy un gran actor: mis orgasmos nunca fueron fingidos. Y hoy mis lágrimas tampoco.

En el último momento, cuando se hace de noche sobre mí, sólo atino a decir:

—Va a sonar a excusa, pero no es un buen momento chicos.

Tarde, muy tarde, me doy cuenta de que debería haber practicado un poco más con el consolador.