Fernando era, según su madre y su abuela, un poquito lento. A lo sumo. Para todos los demás el chaval era directamente subnormal.
Trabajaba en el burdel “La Chirla caliente”, el más finolis de toda “la milla putera”, entre los kilómetros 7 y 10 de la Nacional VI.
Allí, el joven fregaba los suelos de las habitaciones, limpiaba los baños y rascaba costras inquietantes, absorto en su mundo, reflexionando sobre las extrañas manifestaciones del amor.
Todos los días a las cinco de la tarde se abrían las puertas y los clientes llenaban el bar; al rato comenzaba una extraña procesión de putas y bigotes, de tangas y corbatas, que subían la escalera forrada de terciopelo, la cual les llevaba a las habitaciones: rosas y naranjas, con o sin jacuzzi, con cama vibrante y/o espejos variados. El paraíso en la Tierra.
Fernando, encerrado en la cocina, daba vueltas alrededor como un perro rabioso, mientras olía el sexo en el ambiente, presentía los gemidos y su sexo se inflamaba, ajeno a todo, presa de una pasión descontrolada. Sabía que, en las habitaciones que se encontraban encima de la cocina, Paquita La Cachonda hacía hervir a sus clientes barrigudos, que venían a verla con ojos de carnero y cartera de pardillo, lo que era (y es) una peligrosa combinación.
Cada noche, Paquita bajaba satisfecha, como si hubiera sido ella la que hubiera aplacado sus demonios. Era esta moza, a pesar de su nombre, africana de toda la vida (del mismo centro) pero se paseaba con tanto garbo envuelta en una mantilla que sus primeros clientes la llamaron Paquita. Y a ella le gustó.
Le gustaba en realidad toda España y sobre todo Madrid, por donde se paseaba en sus días libres por la Plaza de las Vistillas, siempre del brazo de su chulo, despertando sexos entumecidos y miradas libidinosas, vestida con un corpiño ajustado, una redecilla en la cabeza y siempre aderezada con su mantilla. Por supuesto comía bocadillos de entresijos, ponía flores en la tumba de Tierno Galván y creía que Sabina era Dios.
Cada noche, sucia de los clientes —pues era tan digna que no veía necesario lavarse—, Paquita bajaba las escaleras y se acercaba a Fernando un beso en la boca: el primero y último de cada jornada. El joven se desmayaba en las primeras ocasiones, pero con el pasar de los días ganó algo de autocontrol, el suficiente para permanecer consciente y correr a hacerse una manola urgente en el baño de las visitas. Diez minutos después volvía feliz y Paquita le daba un beso —éste en la mejilla— y le deseaba buenas noches. Fernando se iba en autobús a su casa, completamente enamorado. Ahorraba veinte euros cada mes, con la esperanza de comprarle a Paquita un bonito anillo de compromiso en la tienda de los chinos.
La última Nochebuena —jornada siempre movida de hombres antes de la cena familiar— Fernando oyó gritos en el piso de arriba, salió de la cocina y corrió hacia las escaleras; Paquita bajaba por ellas, desnuda de cintura para abajo y perseguida por un borracho gordo y bigotudo. Fernando, ebrio por los aromas que emanaba el sexo de Paquita, se lanzó escaleras arriba por primera vez en su vida, sólo para tropezarse y caerse de morros contra un peldaño. Oyó quebrarse sus dientes y, a través de las lágrimas —más de fracaso que de dolor—, entrevió cómo arrastraban al cliente a la calle, mientras Paquita se recomponía y observaba con desprecio al retrasado que, fútilmente, braceaba pidiendo ayuda.
Fernando perdió su trabajo en “La Chirla Caliente”, pues incomodaba a los clientes con su boca desdentada. Su madre decidió, aprovechando —ya que estaba— la Seguridad Social, hacerle unos dientes nuevos. El chaval luce ahora una sonrisa deslumbrante y cerámica. Incapacitado totalmente para hablar —y pensar— un partido político —no diré cuál— le hizo un hueco en las listas como representante de una minoría oprimida.
Durante las últimas elecciones Fernando fue elegido diputado en las Cortes Generales. Paquita, por su parte, sigue despertando pasiones con su fusión afro-castiza y, durante las últimas Fiestas del barrio de Aluche, fue la encargada de leer el pregón.
Nunca se volvieron a ver.
Trabajaba en el burdel “La Chirla caliente”, el más finolis de toda “la milla putera”, entre los kilómetros 7 y 10 de la Nacional VI.
Allí, el joven fregaba los suelos de las habitaciones, limpiaba los baños y rascaba costras inquietantes, absorto en su mundo, reflexionando sobre las extrañas manifestaciones del amor.
Todos los días a las cinco de la tarde se abrían las puertas y los clientes llenaban el bar; al rato comenzaba una extraña procesión de putas y bigotes, de tangas y corbatas, que subían la escalera forrada de terciopelo, la cual les llevaba a las habitaciones: rosas y naranjas, con o sin jacuzzi, con cama vibrante y/o espejos variados. El paraíso en la Tierra.
Fernando, encerrado en la cocina, daba vueltas alrededor como un perro rabioso, mientras olía el sexo en el ambiente, presentía los gemidos y su sexo se inflamaba, ajeno a todo, presa de una pasión descontrolada. Sabía que, en las habitaciones que se encontraban encima de la cocina, Paquita La Cachonda hacía hervir a sus clientes barrigudos, que venían a verla con ojos de carnero y cartera de pardillo, lo que era (y es) una peligrosa combinación.
Cada noche, Paquita bajaba satisfecha, como si hubiera sido ella la que hubiera aplacado sus demonios. Era esta moza, a pesar de su nombre, africana de toda la vida (del mismo centro) pero se paseaba con tanto garbo envuelta en una mantilla que sus primeros clientes la llamaron Paquita. Y a ella le gustó.
Le gustaba en realidad toda España y sobre todo Madrid, por donde se paseaba en sus días libres por la Plaza de las Vistillas, siempre del brazo de su chulo, despertando sexos entumecidos y miradas libidinosas, vestida con un corpiño ajustado, una redecilla en la cabeza y siempre aderezada con su mantilla. Por supuesto comía bocadillos de entresijos, ponía flores en la tumba de Tierno Galván y creía que Sabina era Dios.
Cada noche, sucia de los clientes —pues era tan digna que no veía necesario lavarse—, Paquita bajaba las escaleras y se acercaba a Fernando un beso en la boca: el primero y último de cada jornada. El joven se desmayaba en las primeras ocasiones, pero con el pasar de los días ganó algo de autocontrol, el suficiente para permanecer consciente y correr a hacerse una manola urgente en el baño de las visitas. Diez minutos después volvía feliz y Paquita le daba un beso —éste en la mejilla— y le deseaba buenas noches. Fernando se iba en autobús a su casa, completamente enamorado. Ahorraba veinte euros cada mes, con la esperanza de comprarle a Paquita un bonito anillo de compromiso en la tienda de los chinos.
La última Nochebuena —jornada siempre movida de hombres antes de la cena familiar— Fernando oyó gritos en el piso de arriba, salió de la cocina y corrió hacia las escaleras; Paquita bajaba por ellas, desnuda de cintura para abajo y perseguida por un borracho gordo y bigotudo. Fernando, ebrio por los aromas que emanaba el sexo de Paquita, se lanzó escaleras arriba por primera vez en su vida, sólo para tropezarse y caerse de morros contra un peldaño. Oyó quebrarse sus dientes y, a través de las lágrimas —más de fracaso que de dolor—, entrevió cómo arrastraban al cliente a la calle, mientras Paquita se recomponía y observaba con desprecio al retrasado que, fútilmente, braceaba pidiendo ayuda.
Fernando perdió su trabajo en “La Chirla Caliente”, pues incomodaba a los clientes con su boca desdentada. Su madre decidió, aprovechando —ya que estaba— la Seguridad Social, hacerle unos dientes nuevos. El chaval luce ahora una sonrisa deslumbrante y cerámica. Incapacitado totalmente para hablar —y pensar— un partido político —no diré cuál— le hizo un hueco en las listas como representante de una minoría oprimida.
Durante las últimas elecciones Fernando fue elegido diputado en las Cortes Generales. Paquita, por su parte, sigue despertando pasiones con su fusión afro-castiza y, durante las últimas Fiestas del barrio de Aluche, fue la encargada de leer el pregón.
Nunca se volvieron a ver.










